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Roberto Aja Castellanos

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Soy mu feo, insoportable, mentiroso y un per-vertido sexual (pero lo justo). -Eso que no nos mata, nos hace mas fuertes (Nietzsche o como se escriba)

-El Amor y el Odio son las dos caras de una misma moneda. Lanzala a ver cual te toca.........

-Cada dia de tu vida es un dia de mi odio
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Cada dia de tu vida es un dia de mi odio

October 30

La canción más bonita que me han pasado jamás...fiel reflejo de mi vida

 
Lifetimes (SLAM)
 
A journey is what I have to take
To find myself, that choice I must make
To wander through the hands of all time
A vision of my life I must find
Girl you know I won't forget
All of those times we spent
No-one said that it would last
And girl I won't forget the past

The time has come for me to depart
I'll leave the world a piece of my heart
Where I go you cannot follow
If I'll be back, I really don't know

Girl you know I won't forget
All of those times we spent
No-one said that it would last
And girl I won't forget the past

Don't say you'll miss me, I won't believe
Cos you laughed at me and all of my dreams
Well, now the laughs are at your expense
Cos where I go my dreams all make sense

Girl you know I won't forget
All of those times we spent
No-one said that it would last
And girl I won't forget the past

A quien me la pasó: gracias, espero que podamos contar el uno con el otro siempre...siempre estaré ahí cuando lo necesites.
March 26

Little Red Riding Hood and the Wolf

As soon as Wolf began to feel
That he would like a decent meal,
He went and knocked on Grandma's door.
When Grandma opened it, she saw
The sharp white teeth, the horrid grin,
And Wolfie said, "May I come in?"
Poor Grandmamma was terrified,
"He's going to eat me up!" she cried.
And she was absolutely right.
He ate her up in one big bite.

But Grandmamma was small and tough,
And Wolfie wailed, "That's not enough!
I haven't yet begun to feel
That I have had a decent meal!"
He ran around the kitchen yelping,
"I've got to have a second helping!"

Then added with a frightful leer,
"I'm therefore going to wait right here
Till Little Miss Red Riding Hood
Comes home from walking in the wood."

He quickly put on Grandma's clothes,
(Of course he hadn't eaten those).
He dressed himself in coat and hat.
He put on shoes, and after that,
He even brushed and curled his hair,
Then sat himself in Grandma's chair.

In came the little girl in red.
She stopped. She stared. And then she said,
"What great big ears you have, Grandma."

"All the better to hear you with,"
the Wolf replied.
"What great big eyes you have, Grandma."
said Little Red Riding Hood.
"All the better to see you with,"
the Wolf replied.

He sat there watching her and smiled.
He thought, I'm going to eat this child.
Compared with her old Grandmamma,
She's going to taste like caviar.

Then Little Red Riding Hood said, "
But Grandma, what a lovely great big
furry coat you have on."

"That's wrong!" cried Wolf.
"Have you forgot
To tell me what BIG TEETH I've got?
Ah well, no matter what you say,
I'm going to eat you anyway."

The small girl smiles. One eyelid flickers.
She whips a pistol from her knickers.
She aims it at the creature's head,
And bang bang bang, she shoots him dead.

A few weeks later, in the wood,
I came across Miss Riding Hood.
But what a change! No cloak of red,
No silly hood upon her head.
She said, "Hello, and do please note
My lovely furry wolfskin coat."

 

Roald Dahl (Revolting Rhymes)

June 09

El monte de las ánimas

La Noche de Difuntos, me despertó a no sé qué hora el doble de las campanas. Su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.

Intenté dormir de nuevo. ¡Imposible! Una vez aguijoneada la imaginación es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarlo de la rienda. Por pasar el rato, me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.

A las doce de la mañana, después de almorzar bien, y con un cigarro en la boca, no le hará mucho efecto a los lectores de El Contemporáneo. Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire de la noche.

Sea de ello lo que quiera, allá va, como el caballo de copas.

I

—Atad los perros, haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Animas.

—¡Tan pronto!

—A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras, pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.

—¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?

—No, hermosa prima. Tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa historia.

Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos. Los condes de Borges y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían a la comitiva a bastante distancia. Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:—

—Ese monte que hoy llaman de las Animas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla, que así hubieran solos sabido defenderla corno solos la conquistaron. Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres. Los segundos determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos. Cundió la voz del reto, y nada fue a parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras. Antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue una cacería. Fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres. Los lobos, a quienes se quiso exterminar, tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos, comenzó a arruinarse. Desde entonces dicen que cuando llega la noche de Difuntos se oye doblar sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos. Y al otro día se han visto impresas en la nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria lo llamamos el Monte de las Animas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche.

La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual, después de incorporársele los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

II

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor, iluminando algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las ojivas del salón.

Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, y absorta en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.

Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.

Las dueñas referían, a propósito de la noche de Difuntos, cuentos temerosos, en que los espectros y los aparecidos representaban el principal papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.

—Hermosa prima exclamó, al fin, Alonso, rompiendo el largo silencio en que se encontraban, Pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales, sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.

Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia: todo un carácter de mujer se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.

—Tal vez por la pompa de la Corte francesa, donde hasta aquí has vivido se apresuró a añadir el joven. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?

—No sé en el tuyo contestó la hermosa, pero en mi país una prenda recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo..., que aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.

El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven que, después de serenarse, dijo con tristeza:

—Lo sé, prima; pero hoy se celebran Todos los Santos y el tuyo entre todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?

Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir una palabra.

Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volvióse a oír la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste y monótono doblar de las campanas.

Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a reanudarse de este modo:

—Y antes que concluya el día de Todos los Santos en que así como el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? —dijo él, clavando una mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico:

—¿Por qué no? —exclamó ésta, llevándose la mano al hombro derecho, como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro, y después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:

—¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

—Si.

—¡Pues... se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.

—¡Se ha perdido! ¿Y dónde? —preguntó Alonso, incorporándose de su asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.

—No sé... En el monte acaso.

—¡En el Monte de las Animas! —murmuró, palideciendo y dejándose caer sobre el sitial. ¡En el Monte de las Animas! —luego prosiguió, con voz entrecortada y sorda—: Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces. En la ciudad, en toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he llevado a esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor hereditario de mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres, y he combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta noche..., ¿a qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡Las ánimas!, cuya sola vista puede helar de terror la sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarlo en el torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que, cuando hubo concluido, exclamó en un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la leña, arrojando chispas de mil colores.

—¡Oh! Eso, de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de Difuntos y cuajado el camino de lobos!

Al decir esta última frase la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía; movido como por un resorte se puso en pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar, entreteniéndose en revolver el fuego:

—Adiós, Beatriz, adiós, Hasta pronto.

—¡Alonso, Alonso! —dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso o aparentó querer detenerlo, el joven había desaparecido.

A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus mejillas, prestó oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.

Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.

III

Había asado una hora, dos, tres; la medianoche estaba a punto de sonar, cuando Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, y, a querer, en menos de una hora pudiera haberlo hecho.

—¡Habrá tenido miedo! —exclamó la joven, cerrando su libro de oraciones y encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la Iglesia consagra en el día de Difuntos a los que ya no existen.

Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.

Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de las campanas, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído, a par de ellas, pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.

—Será el viento —dijo—, y poniéndose la mano sobre su corazón procuró tranquilizarse.

Pero su corazón latía cada vez con más violencia, las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes con chirrido agudo, prolongado y estridente.

Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación iban sonando por su orden; éstas con un ruido sordo y grave, y aquellas con un lamento largo y crispador. Después, un silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la medianoche; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas, que casi se siente, estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la oscuridad.

Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinas y escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar; nada, silencio.

Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían en todas las direcciones, y cuando dilatándolas las fijaba en un punto, nada; oscuridad de las sombras impenetrables.

—¡Bah! —exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada de raso azul del lecho. ¿Soy yo tan miedosa como esas pobres gentes cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura al oír una conseja de aparecidos?

Y cerrando los ojos, intentó dormir...: pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y rebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo el aliento.

El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas de aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, y otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los difuntos.

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz. Al fin, despuntó la aurora. Vuelta de su temor entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, tendió una mirada serena a su alrededor, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que fue a buscar Alonso.

Cuando sus servidores llegaron, despavoridos, a notificarle la muerte del primogénito de Alcudiel, que por la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de las Animas, la encontraron inmóvil; asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los miembros, muerta, ¡muerta de horror!

IV

Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que pasó la noche de Difuntos sin poder salir del Monte de las Animas, y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas terribles. Entre otras, se asegura que vio a los esqueletos de los antiguos Templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa y pálida y desmelenada que, con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

 

                                                                                                                                           Gustavo Adolfo Bécquer

MIL Y UNA FORMAS DE MATAR A UN PERRO

Lo recuerdo bien, mis manos empapadas con su sangre aún caliente, podía sentir como los latidos de su corazón iban disminuyendo, mientras yo reía, y reía fuerte; ante su cara agonizante, con una sola expresión... incertidumbre, en todo su rostro se veía escrita la pregunta, ¿por qué?; y en una conexión psíquica entre asesino y víctima, lo comprendí todo y solo me limite a responderle susurrando a su oído; y éstas fueron las últimas palabras que escuchó en vida…“Porque puedo”.

Era una mañana fría, de esas en las que da pesar levantarse, como siempre, un café aminoraría la pena, por lo menos hasta que mi mente despertara; la calle estaba vacía, siempre lo estaba, el viento acariciaba mis encanecidas sienes dando un poco de alivio a la migraña matutina que siempre estaba ahí presente como un cuchillo, cortante, esperando a que despierte, para empezar con su sádica cirugía; continué caminando, y entonces todo comenzó.

Lo vi a lo lejos, rondaba un tambor de desperdicios, olfateando con esmero, al principio no pareció importarme, pero al cabo de un rato, las molestias empezaron, el muy hijo de puta me siguió, en más de 20 años no había permitido que nadie me siguiera, no lo sé tal vez paranoia o un poco de asco que me daba el contacto con otra gente, siempre estaba solo, en mi trabajo me dedicaba a lo mío sin molestar, daban las doce y regresaba a casa para tratar de descansar, así era mi vida, simple, monótona, tal vez aburrida y chocante, pero al fin al cabo mi vida.

Todo cambió, por más que le ignoraba persistía en seguirme con tal esmero que pareciese que llevaba años conmigo, yo nunca tuve una mascota, no, mi madre nunca lo hubiera permitido, en cambio, me obligaba a permanecer en mi cuarto viendo hacia un rincón, con el fin de no caer en el abismo del infierno, ¡¡maldita loca!!, papá siempre era estricto, su fuete hablaba por él, para lo único que me requería era para darme palizas en nombre de una educación cristiana, donde el amor al prójimo se demostraba a golpes, ojalá ardan en el infierno; por eso no me metía con nadie, hasta el día de hoy.

Me obligó a hacer algo que no quería, arrojarle objetos, el imbécil no se iba, pobre, no sabía lo que le vendría después, me miraba con sus ojos, vacíos, negros, como sin alma, creó que por eso lo hice, sin alma no hay pecado, sin pecado no hay infierno, sin infierno no hay dolor; no más dolor, el dolor, parte esencial en mi vida, mucha gente dice que sufre, estupideces, que saben ellos del dolor, si nunca se han visto alejados del sol, sin ese astro del que muchos huyen, yo lo añoraba, aún recuerdo esa maldita caja, tan pequeña y oscura, donde los minutos parecían siglos, por el simple efecto de no poder ver el sol, tortura más grande no hay que no saber donde ni cuando estás, dolor, que saben ustedes del dolor.

Los objetos rebotaban a su alrededor, pero me seguía sin alejarse, olfateaba a su alrededor, como si buscase un aroma conocido, me miraba, y se ponía tenso, pensé que en cualquier momento me atacaría, esperaba ver sus colmillos, blancos, dispuestos a desgarrar mi piel entre sus babosas fauces; así eran las comidas con los abuelos, ver a aquellos ancianos masticar en la comida, era repugnante, el apetito se extinguía con tan solo verlos, un día casi desmayo por el horrible efecto de sus masticaciones al unísono, una y otra vez, sin dejar de babear, simplemente asqueroso, mientras yo veía aquellos repugnantes vegetales y carne fría con cebo, ¡¡¡malditos!!! Me hacían comerlo todo en la casa de los abuelos, aunque llevara ya dos platos, yo esperaba y masticaba, comida fría y grasosa resbalando por mi esófago con una lentitud que sentía atragantarme a cada centímetro que descendía.

La mañana seguía y nadie más aparecía en escena, la paranoia hacía presa de mí, los latidos de mi corazón aumentaban dando retumbos como si queriese salir de mi pecho con un solo latido, el seguía acercándose, lentamente, pero constante, no podía más, yo tirado en la calle repleto de horror; casi podía sentir su asqueroso aliento de perro sobre mi yugular, cuando lo sentía casi encima, sólo una pasada de su lengua sobre mi rostro, me liberó del tormento al cual estaba siendo sujeto.

Un suspiro de alivio salió de mi ser, la furia apareció, el maldito había traído todos esos recuerdos a mi mente otra vez, me quite mi cinturón, y con un solo movimiento, le ahorque, siendo poco con eso, recogí una botella rota que estaba a mi lado, y le apuñalé una y otra vez, sin remordimientos, sin miedos, y sus ojos decían una y otra vez, ¿Por qué?, y yo sólo gritaba, ¡porque puedo!, ¡porque puedo!.

 

                                                                                                                                                Claudio Delgado Ríos

March 31

Suicidio

-Nada... - piensas mientras caminas por la calle, de camino a tu hogar. Hoy era una repetición de ayer, ayer de antes de ayer... aunque había una pequeña diferencia a esos días, hoy te habían despedido del trabajo. Con 52 años, teniendo que mantener un hogar... un hogar que no te recibe bien, un hijo que te ignora... no significas nada para el, una mujer que en lo mas profundo de su ser te odia, después de tanto tiempo de discusiones...

-¿Que e echo para merecer esto?- te preguntas mientras te miras al espejo. -¿Por que a mi?- pero en ese espejo solo observas tu rostro... un rostro maltratado por el tiempo, de tus ojos salen ojeras... en vez de cuello, tienes una enorme papada, hace ya tiempo que perdiste tu buena salud. Pero ahora eso te da igual, solo deseas no pensar.

Te echas a dormir, pero no puedes. Después de una terrible discusión con tu familia, no tienes ganas de nada. Piensas en el futuro, pero no ves nada, piensas en lo que deseas, pero resulta inalcanzable. Ahora solo quieres no pensar, pero no puedes.

Recuerdas la felicidad del pasado, pero sabes que no volverás a tenerla, ya nada te llena. Pasas la noche, inundado por tus oscuros pensamientos, y llegas a una conclusión.

Sales al balcón de tu casa, y miras hacia abajo, 4 pisos te separan del suelo. Piensas que es un salto, y por fin acabara todo. Intentas saltar, pero no puedes. Tienes miedo, miedo al dolor físico. Luego piensas... y corriendo, saltas por el balcón... cierras los ojos, asta que sientes como si todo tu cuerpo reventara... la calle queda manchada por tu sangre. Pero eso a ti ya te da igual... ya no piensas, has muerto.

-Dios mío...- suspiró un hombre que observó esta desagradable imagen desde la ventana de su casa, mientras se fumaba un cigarro, el mismo cigarro que fumaba todas las noches.

El_miedo_es_sano


 

September 11

Siempre Juntos

 
 
Siempre Juntos
 
 
 

Alan Ledesma era una hombre austero, parco y vergonzoso al hablar; Pero por sobre todas las cosas apático y patético. No dormía bien, solo lo hacia a ratos ,desde que la muerte arrancó bruscamente a Belén de su lado.

El 19 de abril de 1981. Belén esperaba a Alan, con un suculento pollo que se cocinaba perezosamente en el horno y una ensalada de lechugas y tomates, cortadas de su pequeña y bien cuidada huerta. Cuando Alan llego, esa misma tarde, ella se encontraba con los brazos entrecruzados, parada en el umbral de la puerta de entrada. Llevaba un vestido blanco y unos zapatos Grimoldi. Su cara iluminaba una sonrisa radiante. Le tendió su mano. El la sujeto y le besó los labios fugazmente.

Una semana después Belén había muerto. Encontraron su cuerpo descuartizado cerca de las vías del tren. Alan estaba totalmente destrozado, acudía con animo sombrío su trabajo y ya casi ni comía. Caminaba durante la noche entre sollozos, extinguiéndose por la anemia.

El 19 de abril de 1982, Alan despertó de una horrible pesadilla manoteando vehementemente haciéndose paso hacia la realidad. Se encontraba erguido en su cama empapado de sudor, sus ojos escrutaban la oscuridad de una fría y joven noche.

Encendió el velador que estaba contiguo a su cama, sobre la mesita de noche. Todo en ese sitio le recordaba a ella, fue entonces cuando sintió una gran necesidad de ir al cementerio, seria la primera y ultima visita a su esposa muerta. Creía que eso seria en final de interminables noches de angustia Emprendió su viaje a pie. Llevaba puesto un tapado y un sombrero de al corta color café, su pantalón de cordero id azul hacían resaltar sus zapatillas de lona blanca. Su reloj de pulsera indicaban las 10:30, hora en la que los vecinos dormían apaciblemente en sus casas, refugiados del halado y estremecedor viento de invierno. Tuvo la estúpida sensación de ser el único hombre en el mundo. Un mundo que paso de ser el paraíso soñado a ser el infierno de un día a otro Cuando salió de su casa, La hierba desprendía una neblina baja y casi transparente, que refulgía bajo la tenue luz de la luna en cuarto menguante. Una brisa naciente hacia susurrar los árboles que rodeaban el camino hacia el cementerio. Algunos pájaros volaban en dirección al sur como era de costumbre hacia principios de julio.

Era un lugar de extraña belleza, de efectos relajantes, como la tapa de un libro de poesía romántica. Caminó, caminó y caminó hasta llegar a las vías del tren. Debía cruzar y caminar unos setenta metros para llegar donde descansaba el cuerpo sin vida de su amada y dulce esposa. Cuando se disponía a hacerlo, delante de sus ojos se encontraba Belén. Vestía la misma mortaja que tenia puesta aquel cruento día de su entierro, sonreía con una opacada y triste belleza. Extendió sus brazos hacia el y Sus ojos melancólicos se clavaron en los de Alan. Alan permaneció atónito durante unos segundos, su boca formaba una perfecta “o” y sus cejas se arquearon instantáneamente. Sentía escozor en sus ojos, notaba que la lagrimas pugnaban con gran fuerza por salir. Estalló, corrió desesperadamente entre llantos y alaridos hacia Belén, la abrazo fuertemente como nunca lo había hecho antes. Pudo sentir como su corazón golpeaba con gran fuerza todos los rincones .

Hundió la cara en el pecho de Belén para ahogar un gemido. De pronto un estridente chirrido rasgo el silencio. El tren de las 23:00 se acercaba a ellos siseando a gran velocidad. Alan no intento huir, abrazo aún con mas fuerza a Belén, sabia que perder a su amada por segunda vez sería peor que la misma muerte y resolvió renunciar a su vida para estar con ella durante toda la eternidad. Ellos por fin estuvieron juntos, y el tren cada vez se acercaba mas.


Nahuel
September 04

CATALOGUS INFERNUS

CATALOGUS INFERNUS, por Dark Idol
 
 
Siempre he sentido una enorme atracción por la estética del Abismo, y desde que tengo memoria he estudiado ávidamente las imágenes y testimonios acerca del infierno. Primero inconscientemente, con la ingenua fascinación de los adolescentes, y más tarde, en forma deliberada y meticulosa, buscando incansablemente en los museos, los documentos de las diversas religiones, o los confusos testimonios de los locos, porque como bien indican algunos filósofos, éstos pueden percibir una realidad más profunda.

Pero es a partir de la lectura del infierno dantesco que comencé a deambular, en forma errática y obsesiva, por un interminable laberinto de galerías subterráneas, acariciando la idea de construir un fantástico catálogo de las tinieblas.

“Si se me permite la extravagancia, para ejemplificar el diseño de este “Catalogus Infernus“ al cual cada individuo suma su propia experiencia, utilizaré la forma de una estrella de cinco puntas invertida (pentagrama concebido por Eliphas Levi en el siglo XIX para simbolizar el mal) con el nombre de los artistas emblemáticos correspondiendo a cada una de las puntas de la figura.

Empezando por Dante Alighieri, en la base de la estrella como columna principal; Charles Baudelaire y Felicien Rops, inquietante pareja de simbolistas, en cuya obra se funde lo erótico y lo satánico, en los extremos laterales. Y finalmente, Edgar Allan Poe, príncipe del horror y lo fantástico, y H. R. Giger, genial surrealista suizo, en los vértices restantes.

Esta figura primordial debe ser considerada sólo como el patrón de un complejo sistema de pentagramas encadenados en expansión, a cada uno de los cuales corresponden cinco nombres semejantes a los anteriores, que asimismo, en su totalidad, componen la superestructura filosófica del “Catalogus Infernus”, el cual, por su magnitud, sólo puede ser contemplado parcialmente, a través de metáforas y símbolos”.

Decir que quien describe los abismos es partidario de Satán es una equivocación tan grande como afirmar que el médico que estudia una enfermedad lo hace con el fin de propagarla, y suspiro ante tan frecuente error, cuando lo adecuado sería comprender que toda esta imaginería es una sobrecogedora metáfora de la incorregible crueldad del ser humano. Y cuando dije anteriormente que este registro del inconsciente colectivo puede ser una ventaja, fue precisamente porque nos permite dar imagen y advertir sobre nuestro ilimitado potencial destructivo a través de la obra de arte, la espiritualidad o los confusos testimonios de los locos.

El propósito primordial de mi trabajo era demostrar mi más intima creencia que, como bien decía Charles Baudelaire: “La mayor astucia del demonio es hacernos creer que no existe” y adaptando su epistolar afirmación a Flaubert a nuestros días, agregar que todo el tercer milenio y su despliegue de ciencia y tecnología no podrán hacerme avergonzar de la hipótesis de “una fuerza malvada exterior al hombre”, para explicar ciertas atrocidades.

Estaba ejerciendo como profesor adjunto, en la cátedra de Antropología Filosófica, cuando la titular, la Dra. Karen Hornman, me sugirió presentar una tesis sobre “La estética del infierno en las diferentes culturas” para ser publicada en los fascículos de la Universidad. De inmediato pensé en la posibilidad de exponer el “Catalogus Infernus”, en el cual venía trabajando hacía varios años.

- Creo haberte comentado sobre una tesis en la que trabajo hace tiempo- le dije a la Dra. Hornman después de la clase, a solas en la sala de profesores-.

- Sé exactamente en qué dirección va tu trabajo- contestó mientras conectaba su ordenador. Y agregó imperativa:

- Hay algunas imágenes que quiero mostrarte.

Me acerqué a la computadora mientras terminaba de iniciarse, y no pude evitar notar lo sensual que estaba mi colega aquella noche, vestida con un elegante conjunto de falda y saco negro, bajo el cual una delicada camisa de seda cruda prendida hasta el cuello con lazo, dejaba apreciar la firmeza y generosidad de sus senos.

Súbitamente, la pantalla se vio colmada por la fotografía de una antigua gruta oculta entre los matorrales, presidida por una tosca figurilla de profusa cornamenta.

- Es de un culto anterior al Cristianismo- dijo sin quitar sus ojos azules de la pantalla-.

- Al principio -continuó- pensé por la cornamenta del bajorrelieve que podía ser Cernunnus, el Dios Celta; oel Baphomet de los templarios, pero indudablemente se trata de una deidad distinta.

Y un instante después, antes que pudiese desviar la vista o decir algo al respecto, una segunda imagen irrumpió ante mí. Era un grabado del siglo XIX en el cual una doncella, encadenada a una pilastra fálica, esperaba ansiosa ser sacrificada.

- El grabado puede ser de Felicien Rops o Charles Meryon- respondí excitado, notando que pese a la antigüedad y limitaciones propias de la técnica, el artista había logrado captar en forma minuciosa la delicada anatomía de la joven, apenas cubierta por un taparrabos y un ancho collar metálico que la ceñía como un grillete.

Tanto los pequeños senos, como el abdomen y el pubis, estaban descritos con sorprendente destreza, al punto de advertir, que lo que en principio consideré una copia en blanco y negro, estaba finamente trabajada en distintos tonos de tierras, rojos y azules. Convergiendo la descripción en la transida expresión de la joven donde el terror y el deleite se confundían.

Extasiado en la contemplación de la obra, a la cual sólo le faltaba animación para su total realismo, dirigí la vista hacia mi colega, para descubrir espantado, su rostro transfigurado por una inusitada mueca diabólica.

En aquel momento, antes que pudiese articular palabra alguna, la puerta de la sala se abrió bruscamente.

- Estamos cerrando- afirmó el portero parcamente asomando la cabeza.

Cuando volví a mirar a la Dra. Hornman, ésta había recobrado su imagen habitual.

- Probablemente la gruta esté situada en algún lugar del Adriático- dijo mientras apagaba el ordenador indiferentemente, como si nada hubiese sucedido-.

Perturbado por la confusa situación me retiré sin hacer comentario alguno al respecto.

II


Viviendo en un barrio antiguo, apartado del centro de la ciudad y favorecido por el aislamiento y la tranquilidad propias de la zona, el ensayo estuvo bastante desarrollado al cabo de unas semanas, añadiendo, en aquel tiempo, un último pentagrama para completar una sección.

“...Compuesto por el anteriormente citado Eliphas Levi, creador del Baphomet, en la punta descendente; Alaister Crowley, apodado “La Bestia”, por su propia madre y Abdul Al Hazred, autor del Necronomicón, para los vértices laterales. Y finalmente, Mistress Umbra y Aracne, dominatrices del norte Europeo que alternan en sus perfomances rituales satánicos con favores sexuales, en las puntas superiores restantes.”

Fue entonces, cuando un insoportable hedor comenzó a invadir la casa desde el baño, comprobando de inmediato que la rejilla del desagüe se había desbordado inundando el ambiente de excrementos. Lo cual me llevó un par de horas baldear.

Al terminar, deje la casa exhausto y manejé sin rumbo durante largo tiempo, hasta que finalmente, me dirigí hacia el puerto, donde me detuve frente a un antiguo edificio abarrotado de ornamentos grotescos. Una vez arriba, una mujer de aspecto grosero, me introdujo al apartamento.

- La Mistress está con un esclavo- dijo con un guiño lascivo, dejándome a solas en una sala sombría colmada de fetiches-.

Al cabo de un buen rato, la imponente Dominatrix apareció ante mí.

- ¡Eliphas!- me dijo- Es un placer volver a verte.

Durante las horas siguientes, recibí una profusión de castigos y humillaciones, sumido en un profundo trance, los cuales me concedieron un inexpresable placer morboso. Hasta alcanzar el orgasmo, besando la pezuña partida de una rústica efigie de piedra.

La mañana siguiente, aún poseído por la resaca de aquella noche saturnal, salí a retirar algunos libros relacionados con el ensayo de una biblioteca del centro, cuando al regresar, con el firme propósito de ponerme a trabajar de inmediato, me sorprendió otra vez la intolerable pestilencia de las deyecciones, lo cual decidí solucionar definitivamente, destapando el conducto con un grueso cable de acero. Pero inesperadamente, esa misma madrugada, mientras trabajaba en el ordenador, esperando una respuesta del Ashmolean Museum de Oxford, acerca de la autenticidad del Necronomicón, otra repentina evacuación llenó la casa de podredumbre.

A primera hora del día siguiente, y ante la imposibilidad de poder solucionar un problema tan sencillo, fui a buscar al fontanero para terminar de una vez por todas con el asunto.

- Es natural que se siga rebalsando- dijo el hombre en forma elocuente-. El problema no está en su cañería sino en la cloaca principal.

Que a continuación, nos dedicamos a buscar, hasta que finalmente, divisamos la tapa de la alcantarilla desde nuestra terraza, en un terreno baldío adyacente.

- Debe ser aquella losa que se ve claramente entre las matas. Dijo el fontanero con una euforia que no compartí, porque sabía que aquel campo estaba clausurado hacía largo tiempo y contaba con tres perros adiestrados para proteger la propiedad de intrusos, y a menos que viniese el cuidador a alimentarlos, lo cual sucedía muy esporádicamente, era imposible entrar al área sin ser atacado por las bestias. Por lo tanto dejé marchar al fontanero con la promesa de ir a buscarlo ni bien viniese el guardián.

III

La cuestión del drenaje llegó al límite la noche siguiente, en que la deposición fue tan abundante y nauseabunda que descontrolado tomé unos trozos de carne cruda de la heladera, los tiré por debajo del portón del terreno baldío, y mientras los perros acudían a comerlos, salté por la medianera del fondo para abrir la tapa del sumidero de una vez por todas.

Había corrido la pesada laja, con gran esfuerzo, y observado para mi trastorno, que no se trataba de un simple tapón interrumpiendo el drenaje, sino de la entrada a una vasta red de alcantarillado de principios del siglo pasado, cuando los ladridos de la jauría me tomaron por sorpresa.
Traté en vano de alcanzar la medianera por donde había entrado, pero la más encarnizada de las fieras hundió sus fauces en mi pierna antes de que pudiese salir.

Los animales habían sido entrenados para la caza e inmediatamente formaron a mi alrededor un triángulo irreductible en el cual quede inexorablemente atrapado. La escena era aterradora y un instante después, la segunda fiera, de mirada obtusa e indiferente, me mordió en el brazo. Apelando a un esfuerzo sobrehumano para evitar ser despedazado, retrocedí hasta la alcantarilla y me tiré literalmente dentro de ella, librándome de tal forma de las fauces de los cancerberos.

Una vez en el húmedo interior de la cámara logré correr la pesada tapa de piedra hasta su lugar original para protegerme de las bestias y me quedé sentado sobre el piso tratando de vendar las heridas con los jirones de la camisa. Al cabo de unos momentos, por la pérdida de sangre y las densas emanaciones tóxicas del interior de la bóveda, perdí el conocimiento.

IV

“Los estudios topográficos del infierno han sido variados y minuciosos. Desde el viaje iniciático a través de regiones sobrenaturales colmadas de criaturas fantásticas, descritas por Homero y Virgilio, a la célebre “caverna de los condenados“, de las religiones Judeo-cristianas. A las cuales, Dante Alighieri, agrega la geometría (ciencia de creciente popularidad en la alta edad media) al definir una estructura de siete círculos o niveles descendentes en cuyo centro se encuentra el mismísimo Satán.

A partir de aquel momento, el elemento científico se incorpora a las hipótesis y aparecen teorías de pensadores provenientes del campo científico, como Blaise Pascal, quien conjetura complicadas figuras geométricas en cuestiones espirituales o P.T. de Chardin, con su teoría de masas de energías negativas errantes por el cosmos capaces de atraer las almas de los condenados. Tratando de fusionar en el siglo XX, lo que Santo Tomás de Aquino en el Medioevo: ciencia y religión.

Más tarde, en la modernidad, la literatura se satura de infranqueables laberintos a través de la pluma de Kafka o W. Burroughs, en cuya interzona, regida por el caprichoso diseño de un mercado persa, engendros grotescos dominan a los prisioneros a través de las drogas...”

El contacto húmedo y tibio con cierto fluido espeso de la alcantarilla hizo que me despertara, y si bien había oscurecido, una extraña luz violácea, que atribuí al reflejo de la luna en los antiguos azulejos de los muros, me rebeló la forma pentagonal de la cripta. Demasiado débil para salir por donde había entrado, lo cual podía ser mortal, decidí internarme en el subterráneo con la esperanza de que hubiese otra salida, aún observando, la oscura posibilidad de quedar sepultado en un laberinto en pleno siglo XXI.

Horas después de deambular en círculos, un nuevo y más profundo horror se sumó a la lista de calamidades. El espacio del túnel comenzó a reducirse paulatinamente, obligándome a reptar para seguir avanzando, y aunque tales circunstancias hubiesen desquiciado a cualquiera, extrañamente conservé la calma, al experimentar la sensación de ser un distante espectador del delirio. En aquel punto, el progresivo estreñimiento del claustro fue tal que comencé a sofocarme, haciendo que mi cara estuviera tan próxima a los muros que pude leer claramente inscripciones manuscritas indicando períodos entre fechas, como graban los presos en sus celdas, siendo algunos lapsos tan extensos, que me hicieron sollozar al comprender que no resistiría encerrado tanto tiempo.

Fue entonces cuando una luz al final del corredor, me produjo la fugaz ilusión de haber encontrado una salida, y por el denodado esfuerzo que tuve que realizar al arrastrarme, supuse que me estaba moviendo cuesta arriba. Sin embargo, y ante mi desconcierto, el foco desapareció repentinamente sin ninguna explicación aparente.

Quise gritar y no pude. ¡Dios mío, quisiera despertar de esta insoportable pesadilla!

Entonces el punto de luz apareció de nuevo, pero esta vez pude reptar hacia él con mayor ligereza, como una larva anhelante de ser redimida por la claridad. Delgadas escisiones comenzaron a aparecer en los muros laterales con meticulosa regularidad, pero antes que pudiera suspirar aliviado, la luz giro vertiginosamente hacia la izquierda, y luego a la derecha, haciendo que entendiera por fin lo que sucedía: me encontraba en el interior de un corredor móvil el cual describía evoluciones que no podía calcular de antemano.

Traté de observar al exterior a través de las escisiones ojivales buscando alguna referencia, y lo que vi me llenó de renovado espanto: la cabeza y el cuerpo de una fabulosa sierpe, cuya piel estaba grabada con infinitos pentagramas, ondulando en el lecho de la tierra, y por mi posición y relación respecto a estos puntos, tuve la horrorosa certeza de estar prisionero en su interior.

Seguidamente, volví a perder el conocimiento.


V

Fui encontrado por el cuidador del terreno baldío en el mismo lugar por donde había entrado al alcantarillado, una semana después de los oscuros episodios e internado inmediatamente en cuidados intensivos del Hospital para mi recuperación. Para ser dado de alta me impusieron la estricta condición de iniciar un tratamiento psiquiátrico, lo cual me demoró un mes más antes volver a casa.

A mi regreso noté que el terreno lindante había sido vendido, ocupando el predio una moderna construcción bajo la cual desaparecía toda huella de los funestos incidentes mencionados. Decidí no publicar mis notas en la universidad por razones obvias y guardar sólo para mí el material en un archivo oculto de mi ordenador.

“...Siendo espíritus inclinados al caos naturalmente, deberán regenerarse en la disciplina y la medida más estricta, para poder sobrevivir a la violencia de ese ser estático y brutal que habita en su fuero íntimo y que es el verdadero núcleo del “Catalogus Infernus”.

September 03

EL HOMBRE DEL SACO

EL HOMBRE DEL SACO, por Héctor Espadas
 

Eran cerca de las nueve y papá vino a darme las buenas noches. Mamá era la que siempre me acostaba y él venía cuando iba a ponerse el pijama, con lo cual no era de extrañar verlo desabrochándose la camisa o los zapatos.

- Mañana, partido- Me dijo sonriente mientras me acariciaba la cabeza.
- Sí...- Dije felizmente sin ocurrírseme nada que decir.
- Bueno, te dejo que descanses. Acuérdate mañana de desayunar bien.- dijo acariciándose la pequeña calva que le estaba saliendo. Cada vez que mi padre me daba un consejo, se me quedaba grabado en la cabeza.

Se despidió con un beso en la frente y cerró la puerta. Era extraño pero cada vez que la puerta estaba cerrada, sobre todo de noche, no parecía mi habitación. Era como si me encontrase de repente en un sitio aislado de toda la casa, lejos de todo el mundo. La lámpara de cera que me habían regalado por mi cumpleaños contribuía a ello, pues proyectaba extrañas sombras con movimiento dentro de una luz verdosa que empapaba todo el cuarto. En mi despertador de las Tortugas Ninja, el segundero sonaba con violencia aunque normalmente no me percataba de su existencia. A lo lejos oía la voz de mis padres y una suave melodía, aquella noche no parecían querer ver la tele.

Tumbado boca arriba en la cama, pegué un poco la barbilla a mi pecho y miré la ventana. Desde aquel sexto piso (y desde mi cama), lo único que veía era la luna suspendida en el aire, incompleta, sin fuerzas para dar luz. Giré la cabeza hacia la derecha y miré la puerta en la pared del pequeño trastero. Allí estaban mis juguetes y en noches como esa, en las que papá y mamá no veían la tele, se oían terribles gemidos y ruidos.

Deseé con todas mis fuerzas que aquella noche no oyera nada, pues empezaba a sentir pánico y aunque luego de día no recordaba nada, algo me hacía pensar que si esa noche volvía a tener pesadillas lo recordaría para siempre.

Pasó mucho tiempo sin que pasara nada. De vez en cuando oía alguna risa de mamá, como si papá le contara cosas graciosas y la música seguía sonando, aunque canciones distintas. El sudor frío se hizo presente en mi nuca y espalda cuando empezaron los ruidos. Eran ruidos extraños, como muelles oxidados y alguien dando pasos dentro del trastero. Ya no oía a papá ni a mamá. De repente empezaron aquellos gemidos y creí que la puerta del trastero se iba a abrir...

- ¡Papaaaaaaaaaaá!- Grité con todas mis fuerzas.

Los ruidos cesaron repentinamente, como si el sólo hecho de llamar a mi padre los aterrase. En unos instantes estaba en mi cuarto y con la luz ya encendida, me abrazaba y escuchaba mis explicaciones.

- Pero tranquilo, el hombre del saco no existe- dijo disimulando una sonrisa.
- Sí, si que existe. ¡Yo lo oigo!- Le expliqué. No me gustaba que pensase que eran “cosas de niños”.

Entonces mi padre me guiñó el ojo y se me acercó al oído para susurrarme: “Bueno, pues si existe, yo lo cazaré”. Acto seguido se levantó y se dirigió hasta mi puerta. Luego salió y me miró.

- Bueno, hasta mañana. Recuerda que los monstruos no existen- dijo en voz alta. Luego volvió a entrar en mi cuarto sin hacer ruido y cerró la puerta. Se sentó en la esquina de la pared de la puerta y la del trastero y se llevó el índice a los labios, indicándome que guardara silencio. Todo parecía un juego para él.

La lámpara de cera volvió a hacer de las suyas. Esta vez ya no se oía la música y por supuesto tampoco hablaban papá y mamá. Todo era un escandaloso silencio, a excepción de mi despertador que no hacía más que acelerar mi pulso. Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac...

La luna aparecía y desaparecía tras mis párpados y éstos parecían más pesados cada vez. Pero cuando estaba a punto de dormirme, los ruidos comenzaron una vez más y miré con los ojos como platos a mi padre.

Papá no me miró pero puso la cara que ponía cuando el mando de la tele no funciona. Se puso de pie y dio dos pasos, hasta quedar delante de la puerta del trastero. Los gemidos empezaron y mi padre, sin pensárselo dos veces, abrió la puerta del trastero. La luz de la lámpara de cera no parecía entrar en el trastero y la oscuridad era más recalcada en él. Al abrir la puerta, los ruidos se agigantaron un poco y yo comencé a estremecerme en la cama.

- ¿Papá...?

Papá se giró y puso de nuevo el índice delante de su sonrisa, como si no quisiera que lo sorprendiesen porque estaba a punto de gastar una broma. Entonces algo brilló dentro del trastero y escuché un pequeño silbido. Un segundo después, la cabeza de mi padre, desprendida del cuerpo, chocaba contra la lámpara de cera, haciéndola añicos y todo se envolvió en oscuridad.

Fui incapaz de reaccionar, me quedé petrificado mirando la forma negra en el suelo que era la cabeza de mi padre. En la penumbra empecé a escuchar un goteo y pensé que era de sangre. Algo salió del armario y al andar hacía aquellos ruidos extraños que se oían en el trastero y resonaban con estrépito en mi cabeza. Avanzó hasta donde yo miraba, cogió la cabeza de mi padre y la metió en un saco que arrastraba y donde parecía llevar otras cabezas. Luego volvió al trastero haciendo los mismos ruidos y cerró la puerta tras de sí.

En breves instantes mi madre entraría en mi cuarto para ver si todo iba bien y encendería la luz. No tenía ni idea de cómo explicarle lo que había sucedido.

El gato negro

El gato negro

Pedro Escamilla

Semanario Popular, T. II (3/IX/1863): 215-216;

(10/IX/1863): 219

 

Unos doscientos escalones tenía yo que subir para llegar a la primera plataforma de la torre. Las golondrinas que anidaban en el verano debajo de los canalones de piedra entre el musgo y la parietaria, no se asustaban con mi presencia; sabían que de mí nada podían temer.

Por las tardes, poco antes de tocar el Ave María, cuando el sol llegaba a su ocaso, me asomaba a una de las ventanas para contemplar el magnífico panorama que a mi vista se presentaba, el cual siempre era nuevo para mí, aun cuando le viera todas las tardes.

En efecto, la puesta del sol, ya se contemple cien años seguidos desde un mismo sitio, siempre ofrece un espectáculo distinto cada vez, aumentando sus encantos y su magia. Las tintas varían a menudo; las sombras presentan cada instante un nuevo aspecto, y el colorido se engalana siempre con mil tonos inesperados, debidos al fecundo pincel de la naturaleza. Luego este poético cuadro se completa llenándose más y más de armonía con el ruido de la brisa entre los árboles del bosque, las voces de los campesinos, el cencerro de los ganados, el murmullo del río, el aroma acre de la selva, y cerrando tan sublime conjunto, como la última nota en una frase musical, la campana que dobla en la torre, cuyo sonido se prolonga agradablemente en el espacio hasta perderse del todo.

A mi izquierda se levantaban desiguales las casas del pueblo, con sus tejas encarnadas y sus techos de pizarra, coronadas con el ramaje de los tilos y enebros, que se elevaban por encima de las tapias de los huertos, formando un pequeño laberinto de calles y encrucijadas hasta perderse en el lindero del bosque, donde solo se veían ya medio ocultas en la espesura algunas chozas de blancas paredes, como las primaras avanzadas de un ejército. A la derecha el río, de espumosa corriente, cortando una pradera de huertos y sembrados, tapizadas sus orillas de verdes cañas y sauces llorones, por entre la yerba, y allá a lo lejos, en el horizonte, las primeras casas de la aldea donde habitaba Marcelina.

Por eso subía yo a la torre y contemplaba absorto aquel espectáculo; por eso esperaba que llegase la noche con su manto de tinieblas para ver si brillaba la luz que me llamaba junto a mi amada.

Pero ya habían pasado muchas noches y la luz no brillaba; la ventana de su aposento permanecía muda y la esperada señal no aparecía.

¿Me habrá olvidado Marcelina?

¡Olvidar!...¿Qué significa esta palabra para un corazón de dieciocho años que solo ha palpitado ante la pintada corola de una flor, que no ha sentido otra emoción.

¿Puede uno olvidar lo que ama? ¿Y si Marcelina me ardora, por qué me ha de olvidar? Pero entonces, ¿por qué no me llama?

Yo iría a verla; me acercaría muy quedito junto a la tapia del huerto, y esperaría allí toda la noche para verla... para sentir sus lágrimas si llora... su risa si está contenta; sí, sí, vamos... bajemos de la torre; ya ha sonado el toque de ánimas...

¡Pero Dios mío! ¡si sale y me ve su gato negro!

¡Bah!... un gato... ¿a un gato tenéis miedo?

Sí, Lulú, con su piel negra y lustrosa, sus ojazos siempre abiertos que brillan en la oscuridad como dos fúnebres antorchas, y sus enormes garras, me infunden pavor.

Cuando me mira con fijeza y le veo enseñarme sus blancos dientes y azotarse los hijares con su cola, me estremezco a mi pesar, y un frío glacial penetra hasta la médula de mis huesos.

Y sin embargo, dicen que Lulú es todo un gato honrado, tanto como puede serlo un animal de su especie... pero y desconfío de su benévola sonrisa que le hace erizar el bigote y enseñar los dientes de una manera terrible.

Lulú es todo lo acomodado y feliz que puede desear; ni aun tengo la esperanza de que se muera de hambre.

Morirse no... pero yo puedo matarle, y matarle impunemente, porque en el código no hay ningún artículo que castigue al que priva a un gato de su existencia; quizá no está previsto este caso por la ley, como tampoco lo estaba el parricidio en la legislación romana.

¡Matar a Lulú!

Este pensamiento se había apoderado de mí de tal modo que no me abandonaba nunca. Porque lulú se oponía a mi boda con Marcelina, y esto era atacar directamente a mi felicidad, a la felicidad de un ser inofensivo y pacífico que en su vida había soñado con matar un mosquito.

¡Y por Dios que era inconcebible!

¡Hasta qué punto dependía mi dicha de la vida de un gato! ¿Y qué tenía que ver semejante animal con mi boda?

Tal proceder me ponía furioso; aquello era ridículo hasta la insensatez, y el nombre de Lulú llegó a ser mi constante y aterradora pesadilla.

Por eso el pensamiento de su muerte se ligó de tal modo a mis ocupaciones diarias, que llegó a ser en mí una necesidad.

Mientras veía a Marcelina, aunque de tarde en tarde, la idea del asesinato no me punzaba tanto en el alma; pero así que dejé de verla sólo pensé en llevarle a cabo.

--¡Ah pícaro animal, infame gato! Decía entre mí, ¿quieres prohibirme también que hable a mi querida Marcelina? Esto es decir que deseas mi muerte como yo la tuya... pues, bien, nos veremos.

Y procuraba aturdirme a mí mismo con una especie de agitación febril, con un fingido valor que no sentía, y que desaparecía tan luego como por casualidad me encontraba a Lulú en el lindero del bosque, cuando el horrible animal salía a dar su paseo después de comer.

Entonces él me miraba y se sonreía al pasar como si hubiese adivinado mi pensamiento y quisiera probarme que ningún temor le infundían mis tentativas de asesinato.

Yo también le miraba de reojo y palidecía al contemplar su entornada pupila, que tenía en aquel instante una expresión sarcástica y mordaz.

¡Ahí no le mataría nunca!

En mi interior luchaban terriblemente sensaciones distintas: el miedo y el odio a Lulú. Mientras el gato viviese, yo no podía abrigar ninguna esperanza acerca de mi matrimonio, y por otra parte, el animal disfrutaba una apariencia desconsoladora de longevidad. Aquella lucha continua que agitaba mi espíritu llegó a influir desgraciadamente en mi individuo. No comía, padecía vértigos horribles, y mi sueño era agitado e intranquilo: todo el pueblo en fin, llegó a apercibirse de mi estado; me creían loco, porque en medio de mi trabajo pronunciaba palabras incoherentes y prorrumpía en grandes carcajadas o palidecía de espanto, según iba obrando mi pensamiento al acercarse más o menos a las probabilidades de asesinato. La vista de un gato me ponía en un estado lamentable, y experimentaba una conmoción eléctrica cuando oía sus maullidos. Hasta entonces no llegué a comprender en su mayor intensidad las angustias y sobresaltos de un ratón, la estrategia del queso y el tocino.

¿Qué era yo más que un ratón perseguido por un gato?

Todo esto impulsaba a mi pensamiento al asesinato.

Una circunstancia insignificante e inesperada acabó de completar mi coraje y llegó a infundirme algún valor.

Ya he dicho que debajo de los canalones de la torre anidaban por el verano muchas golondrinas, que como me conocían ya y eran mis amigas, no se asustaban al verme.

Una tarde al entrar yo en la plataforma según mi costumbre, noté que todos aquellos pobres animales echaron a volar de pronto sin motivo aparente.

Aquello era extraño.

¡Huir de mí las golondrinas! ¡Dios mío! No sabía qué pensar de semejante acontecimiento, y aun llegué a imaginar después de un instante, si ellas, enemigas como yo de los gatos, afeaban mi falta de resolución en librarme de Lulú, apartándose de mi lado. Me entristecí al creer probable semejante conducta, y entrando en la plataforma me dirigía a la ventana para contemplar sus nidos vacíos, cuando un espectáculo sangriento me dejó mudo de indignación.

Un enorme gato dorado y ceniciento con manchas negras, se engullía tranquilamente una infeliz golondrina, fruto de su rapiña y crueldad. Al verme se detuvo, fijó en mí sus ojos tranquilos y serenos, relamiéndose el ensangrentado bigote como si me dijera; “está sabrosa.” Infame gato. Me precipité sobre él y le arrojé a la plaza desde lo alto de la torre. El ruido que hizo al caer en tierra hiró dulcemente mi oído al acordarme de Lulú.

--¡Oh! decía, ¡si hubiese ocupado el lugar de este miserable! ¡Si guiado de su apetito viniese también a la torre a caza de golondrinas! Es preciso tenderle un lazo, excitar su gula... pero ¿cómo y con qué? Si le escribo, porque Lulú era un gato bien educado y sabía leer, conocerá mi letra... ¡qué hacer Dios mío!

Un día estaba yo en la puerta de la iglesia pensando en mi pobre Marcelina; era un hermoso día de julio, un sábado... las gallinas con sus polluelos venían escarbando la tierra a picotear mis pies, y mi perro las miraba con indiferencia. De pronto sentí un escalofrió, levanté la cabeza y vi a Lulú que con su paso ordinario y su sonrisa burlona se dirigía hacia mí, mirando de cuando en cuando a la plataforma de la torre.

Al verle me levanté para volverle la espalda, pero él me detuvo por un bazo con su asquerosa zarpa.

--Señor Adriano, me dijo con dulce maullido, tendréis la bondad de conducirme a la torre donde se ha refugiado mi canario al escaparse de la jaula.

--¡Cómo! Dije yo balbuceando, vuestro canario...

--Sí, está en el canalón; mirad desde aquí cómo reluce su hermoso plumaje herido por el sol. ¿Queréis que subamos?

Yo por toda contestación abrí la puertecilla y subí seguido de Lulú... ¡Dios mío! ¡Iba a encontrarme en la plataforma solo con él! Me acordé de Cuasimodo y del gato ceniciento, a quien había arrojado desde allí el día anterior.

--¡Tunante, infame canario! Iba diciendo Lulú por la escalera, jadeando ya como un gato poco acostumbrado a trepar.

Yo me sonreía de satisfacción. Bendito animal, decía entre mí, tú me proporcionas mi venganza, porque yo estaba decidido a todo, y en la palidez de mi rostro, en el tono de mi voz, y en la expresión de mis ojos, debía haber conocido Lulú el pensamiento de muerte que vagaba por mi imaginación, tomando fuerza y pidiendo resolución al mismo miedo.

Pero el gato se volvió estúpido sin duda cuando nada sospechó en aquel momento.

--Ya hemos llegado, le dije asomándome a la ventana y mostrándole el canario que en la punta del canalón permanecía tranquilo sin sentirnos.

--Y bien, tened la bondad de salir al tejado, me dijo enseñándome una moneda.

--Imposible, señor Lulú, la extraordinaria elevación me produce vértigos, y estoy muy débil a causa de mis padecimientos.

Y Lulú, sin sospechar nada, se encaramó en la ventana y salió al tejado.

Lo que yo sentí en aquel instante es incalificable. Cuando vi al zorro del gato pisar la pizarra con cautela y adelantar su mano hacia el extremo del canalón donde le esperaba el canario, sentí una especie de contracción nerviosa; las sienes se agitaban con la trepidación de la sangre; me zumbaban los oídos como si tuviese calentura; mi lengua seca se me pegaba al paladar, y únicamente mis ojos se entornaban reconcentrando la luz en un punto negro que tenía delante. La impunidad y el odio vencieron al miedo, impulsando mi mano sobre Lulú, quien al sentirse desprendido de su punto de apoyo y atravesando el espacio, me dirigió una penetrante mirada y dio un bufido que sería sin duda una maldición.

Después, un ruido seco y terrible se dejó oír... era el miserable gato que se rompía los huesos en los guijarros de la plaza.

--¡Marcelina, Marcelina! Grité yo con entusiasmo, y caí en el suelo desmayado de alegría...

Cuando volví en mí estaba en un calabozo; una habitación de húmeda y negras paredes con una ventana enrejada que daba sobre la plaza; desde allí veía la torre de donde había arrojado a Lulú. ¿Pero por qué estaba yo encerrado?

Al anochecer entró el carcelero que era un hombre alto y seco como una espica, con su gorro de lana y un farol. Le pregunté con extrañeza lo que significaba aquello, y él, mirándome con aire estúpido, me dijo que si estaba preparado.

--¿Preparado a qué?

--A morir, me contestó el hombre esqueleto con la misma tranquilidad que pudiera haber empleado para ponerme en libertad.

--¡Morir! Dije yo sin acabar de comprender; pero, ¿por qué voy a morir?

--¡Bah! ¿No os acordáis ya de vuestro crimen, u os habéis vuelto loco? Dijo con acento brutal.

--¡Cómo! ¡criminal yo!... ¡Ah, quisiera saber cómo es eso!

--¿Y el compadre Lulú?

--¡Diantre! ¿Y vos llamáis compadre a un gato?

--Cuando digo que está loco, murmuró el carcelero dando dos vueltas a la llave y alejándose por el corredor.

Yo me quedé estupefacto. ¡Gran Dios! ¡morir por haber matado a un gato! ¿Constituye un crimen tal acción? Es imposible. ¿Pues qué no sabía yo bien la legislación de mi país? ¿No he visto yo a los muchachos del pueblo cazar con lazo a multitud de gatos y ahorcarlos de un árbol por haberse engullido un pájaro? ¿No maté yo mismo al gato ceniciento que devoró a mi golondrina, sin que dicha muerte tuviese otra consecuencia que un individuo menos en la especie? Repito que es imposible...

A no ser que las consideraciones de que Lulú gozaba en el pueblo le colocasen en otra esfera... ¿Pero dejaría por eso de ser un gato aun cuando tuviese viñas y olivares de su pertenencia, y no se dedicase a cazar ratones?

Yo quise hablar, y hablé, en efecto con un joven abogado que gozaba de una gran reputación en el país; le hice que me mostrase una ley que así privaba de la existencia por una acción que el jurisconsulto más pertinaz y recalcitrante no osaría en clasificar de crimen; y por último, le manifesté mi resolución en apelar de una sentencia que yo consideraba tan injusta como ridícula; pero é con una erudición que me dejó aturdido y que yo estaba muy lejos de sospechar en un aire asimplado y bonachón, me probó la indulgencia del tribunal, que sólo se había contentado con imponerme la muerte, siendo mi crimen tan espantoso. Me habló de las Partidas y del Digesto de los romanos, de la antigua civilización asiática, de la destrucción de Sodoma Y Herculano, desenvolviendo una teoría enteramente nueva sobre las consideraciones que se deben a todos los gatos en general y a algunos en particular, apoyando sus razones con mil notas históricas y juiciosas observaciones sobre las necesidades de las sociedades modernas, deduciendo yo de todo aquello que aun tenía que manifestarme agradecido al tribunal por la templanza de su sentencia, y las consideraciones que me había guardado al enseñarme en el umbral de la muerte muchas cosas de que podía haberme aprovechado, a no haber sido tan ignorante.

YO no comprendía nada de aquello y miraba al leguleyo con aire espantado. Aquel hombre decía cosas verdaderamente extraordinarias. Figuraos cuál sería mi asombro al oírle afirmar muy formalmente que Lulú era tutor de Marcelina.

En poco estuvo el que soltase una carcajada.

¡Un gato tutor de una doncella!

Esto era superior a todas mis ideas sobre semejante raza.

Di las gracias al joven, y quedé solo en el calabozo reflexionando sobre todo cuanto acababa de oír; pero lo que más me horrorizaba era la idea de morir tan pronto, cuando al libertarme de Lulú había creído asegurar mi felicidad. ¿Sería posible lo que aquel hombre había dicho, y estaría yo loco efectivamente?

Ello es que dentro de muy pocas horas iba a cumplirse la caritativa sentencia del tribunal, vengando con mi vida un atentado hecho a las prerrogativas de los gatos en el individuo Lulú.

Todo estaba listo: aquella noche me había desvelado, además de mis lúgubres pensamientos, varios golpes y martillazos que se oían en la plaza Eran los criados del verdugo que preparaban el tablado.

Amaneció por fin, y yo salí de mi prisión con gran acompañamiento.

La vida de un hombre iba a extinguirse cuando asomaban los primeros rayos del sol... ¡un bello sol de estío!

El contraste no podía ser más terrible.

La plaza estaba llena de una multitud ansiosa de contemplar mi último gesto, el estertor y la agonía. Todas las miradas se fijaban en mi rostro, miradas estúpidas, casi sangrientas y despiadadas como buitres hambrientos que esperaban un opíparo festín.

Mis pies hacían rechinar ya la fatal escalera; todo estaba pronto; el asqueroso cordel oprimía mi garganta, y... cosa rara: anochecía ya. Algunas estrellas aparecían en el firmamento, y la luna asomaba su disco en el horizonte.

¡Dios mío! ¿qué luz es aquella que brilla entre los árboles del bosque? Es la señal misteriosa tanto tiempo esperada. Marcelina me llama, corro a su encuentro. Ya empieza el día eterno de nuestra unión... Partamos, Marcelina, la misión del verdugo ha terminado.

MAESE PÉREZ EL ORGANISTA

MAESE PÉREZ EL ORGANISTA

(LEYENDA SEVILLANA)

Gustavo Adolfo Bécquer, El Español (3 y 4 de abril, 1866)


En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba a que comenzase la misa del gallo, oí esta tradición a una demandadera del convento.

Como era natural, después de oírla aguardé impaciente a que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.

Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos motetes que nos regaló su organista aquella noche.

Al salir de la misa no pude por menos de decirle a la demandadera con aire de burla:

--¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suena ahora tan mal?

--¡Toma --me contestó la vieja--, en que ése no es el suyo!

--¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?

--Se cayó a pedazos de puro viejo hace una porción de años.

--¿Y el alma del organista?

--No ha vuelto a parecer desde que colocaron el que ahora le sustituye.

Si a alguno de mis lectores se le ocurriese hacerme la misma pregunta después de leer esta historia, ya sabe el porqué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.

I

--¿Veis ese de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el oro de los galeones de Indias? ¿Aquel que baja en este momento de su litera para dar la mano a esa otra señora que, después de dejar la suya, se adelanta hacia aquí, precedida de cuatro pajes con hachas? Pues ése es el marqués de Moscoso, galán de la condesa viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner sus ojos sobre esta dama había pedido en matrimonio a la hija de un opulento señor; mas el padre de la doncella, de quien se murmura que es un poco avaro... Pero, ¡calle!, en hablando del ruin de Roma, cátale aquí que asoma. ¿Veis aquel que viene por debajo del arco de San Felipe, a pie, embozado en una capa oscura y precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo. ¿Reparasteis, al desembozarse para saludar a la imagen, la encomienda que brilla en su pecho? A no ser por ese noble distintivo, cualquiera le creería un lonjista de la calle de Culebras... Pues ése es el padre en cuestión. Mirad cómo la gente del pueblo le abre paso y le saluda. Toda Sevilla le conoce por su colosal fortuna. Él solo tiene más ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro señor el rey don Felipe, y con sus galeones podría formar una escuadra suficiente a resistir a la del Gran Turco...

Mirad, mirad ese grupo de señores graves; ésos son los caballeros veinticuatro. ¡Hola, hola! También está aquí el flamencote, a quien se dice que no han echado ya el guante los señores de la cruz verde merced a su influjo con los magnates de Madrid... Éste no viene a la iglesia más que a oír música... No, pues si maese Pérez no le arranca con su órgano lágrimas como puños, bien se puede asegurar que no tiene su alma en su armario, sino friéndose en las calderas de Pero Botero... ¡Ay vecina! Malo..., malo... Presumo que vamos a tener jarana. Yo me refugio en la iglesia. Pues, por lo que veo, aquí van a andar más de sobra los cintarazos que los paternóster. Mirad, mirad: las gentes del duque de Alcalá doblan la esquina de la plaza de San Pedro, y por el callejón de las Dueñas se me figura que he columbrado a las del de Medina Sidonia. ¿No os lo dije?

Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin pasar de sus puestos... Los grupos se disuelven... Los ministriles, a quienes en estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... Hasta el señor asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... Y luego dicen que hay justicia. Para los pobres... Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la oscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos asista! Ya comienzan los golpes... ¡Vecina, vecina! Aquí.... antes que cierren las puertas. Pero ¡calle! ¿Qué es eso? Aún no han comenzado, cuando lo dejan... ¿Qué resplandor es aquél?... ¡Hachas encendidas! ¡Literas! Es el señor arzobispo.

La Virgen Santísima del Amparo, a quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae en mi ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo que yo le debo a esta Señora! ... ¡Con cuánta usura me paga las candelillas que le enciendo los sábados! ... Vedlo: qué hermosote está con sus hábitos morados y su birrete rojo... Dios le conserve en su silla tantos siglos como yo deseo de vida para mí. Si no fuera por él media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, cómo se acercan ambos a la litera del prelado para besarle el anillo... Cómo le siguen y le acompañan confundiéndose con sus familiares. Quién diría que esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en una calle oscura... Es decir, ¡ellos, ellos! ... Líbreme Dios de creerlos cobardes. Buena muestra han dado de sí peleando en algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro Señor... Pero es la verdad que si se buscaran... Y se buscaran con ganas de encontrarse, se encontrarían, poniendo fin de una vez a estas continuas reyertas, en las cuales los que verdaderamente se baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados y su servidumbre.

Pero vamos, vecina, vamos a la iglesia, antes que se ponga de bote en bote.... que algunas noches como ésta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las monjas con su organista ... ¿Cuándo se ha visto el convento tan favorecido como ahora? ... De las otras comunidades puedo decir que le han hecho a maese Pérez proposiciones magníficas. Verdad que nada tiene de extraño, pues hasta el señor arzobispo le ha ofrecido montes de oro por llevarle a la catedral... Pero él, nada... Primero dejaría la vida que abandonar su órgano favorito... ¿No conocéis a maese Pérez? Verdad es que sois nueva en el barrio ... Pues es un santo varón, pobre sí, pero limosnero cual no otro ... Sin más parientes que su hija ni más amigo que su órgano, pasa su vida entera en velar por la inocencia de la una y componer los registros del otro... ¡Cuidado que el órgano es viejo!... Pues nada; él se da tal maña en arreglarlo y cuidarle, que suena que es una maravilla... Como que le conoce de tal modo, que a tientas... Porque no sé si os lo he dicho, pero el pobre señor es ciego de nacimiento... ¡Y con qué paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan que cuánto daría por ver, responde: «Mucho, pero no tanto como creéis, porque tengo esperanzas». «¿Esperanzas de ver?» «Sí, y muy pronto --añade, sonriéndose como un ángel--. Ya cuento setenta y seis años. Por muy larga que sea mi vida, pronto veré a Dios.»

¡Pobrecito! Y sí lo verá.... porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar de todo el mundo. Siempre dice que no es más que un pobre organista de convento, y puede dar lecciones de solfa al mismo maestro de capilla de la Primada. Como que echó los dientes en el oficio. Su padre tenía la misma profesión que él. Yo no le conocí, pero mi señora madre, que santa gloria haya, dice que le llevaba siempre al órgano consigo para darle a los fuelles... Luego, el muchacho mostró tales disposiciones, que, como era natural, a la muerte de su padre heredó el cargo... ¡Y qué manos tiene! ¡Dios se las bendiga! Merecía que se las llevaran a la calle de Chicarreros y se las engarzasen en oro ... Siempre toca bien, siempre; pero en semejante noche como ésta es un prodigio... Él tiene una gran devoción por esta ceremonia de la misa del Gallo, y cuando levantan la sagrada forma, al punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo Nuestro Señor Jesucristo.... las voces de su órgano son voces de ángeles...

En fin, ¿para qué tengo de ponderarle lo que esta noche oirá? Baste el ver cómo todo lo más florido de Sevilla, hasta el mismo señor arzobispo, vienen a un humilde convento para escucharle. Y no se crea que sólo la gente sabida, y a la que se le alcanza esto de la solfa, conocen su mérito, sino que hasta el populacho, todas esas bandadas que veis llegar con teas encendidas, entonando villancicos con gritos desaforados al compás de los panderos, las sonajas y las zambombas, contra su costumbre, que es la de alborotar las iglesias, callan como muertos cuando pone maese Pérez las manos en el órgano ... ; y cuando alzan.... cuando alzan no se siente una mosca ... : de todos los ojos caen lagrimones tamaños, y al concluir se oye como un suspiro inmenso, que no es otra cosa que la respiración de los circunstantes, contenida mientras dura la música... Pero vamos, vamos; ya han dejado de tocar.

II

La iglesia estaba iluminada con una profusión asombrosa. El torrente de luz que se desprendía de los altares para llenar sus ámbitos chispeaba en los ricos joyeles de las damas que, arrodillándose sobre los cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro de oraciones de manos de sus dueñas, vinieron a formar un brillante círculo alrededor de la verja del presbiterio.

Junto a aquella verja, de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas de oro, dejando entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en la una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices; la otra sobre los bruñidos gavilanes del estoque o acariciando el pomo del cincelado puñal, los caballeros veinticuatro, con gran parte de lo mejor de la nobleza sevillana, parecían formar un muro destinado a defender a sus hijas y sus esposas del contacto con la plebe. Ésta, que se agitaba en el fondo de las naves con un rumor parecido al de un mar cuando se alborota, prorrumpió en una aclamación de júbilo, acompañada del discordante sonido de las sonajas y los panderos, al mirar aparecer al arzobispo, el cual, después de sentarse junto al altar mayor, bajo un solio de grana que rodearon sus familiares, echó por tres veces la bendición al pueblo.

Era la hora de que comenzase la misa. Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que el celebrante apareciese. La multitud comenzaba a rebullirse demostrando su impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras a media voz, el arzobispo mandó a la sacristía a uno de sus familiares a inquirir el porqué no comenzaba la ceremonia.

--Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo, y será imposible que asista esta noche a la misa de medianoche.

Ésta fue la respuesta del familiar.

La noticia cundió instantáneamente entre la muchedumbre. Pintar el efecto desagradable que causó en todo el mundo sería cosa imposible. Baste decir que comenzó a notarse tal bullicio en el templo, que el asistente se puso de pie y los alguaciles entraron a imponer silencio, confundiéndose entre las apiñadas olas de la multitud.

En aquel momento, un hombre mal trazado, seco, huesudo y bisojo por añadidura, se adelantó hasta el sitio que ocupaba el prelado.

--Maese Pérez está enfermo --dijo--. La ceremonia no puede empezar. Si queréis, yo tocaré el órgano en su ausencia, que ni maese Pérez es el primer organista del mundo, ni a su muerte dejará de usarse este instrumento por falta de inteligentes.

El arzobispo hizo una señal de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles, que conocían a aquel personaje extraño por un organista envidioso, enemigo del de Santa Inés, comenzaban a prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oyó en el atrio un ruido espantoso.

--¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está aquí!...

A estas voces de los que estaban apiñados en la puerta, todo el mundo volvió la cara.

Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba, en efecto, en la iglesia, conducido en un sillón, que todos se disputaban el honor de llevar en sus hombros.

Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su hija, nada había sido bastante a detenerle en el lecho.

--No --había dicho--. Ésta es la última, lo conozco. Lo conozco, y no quiero morir sin visitar mi órgano, y esta noche sobre todo, la Nochebuena. Vamos, lo quiero, lo mando. Vamos a la iglesia.

--Las campanas, y va a comenzar la misa. Vamos adentro... Para todo el mundo es esta noche Nochebuena, pero para nadie mejor que para nosotros.

Esto diciendo, la buena mujer que había servido de cicerone a su vecina atravesó al atrio del convento de Santa Inés y, codazo en éste, empujón en aquél, se internó en el templo perdiéndose entre la muchedumbre que se agolpaba en la puerta.

Sus deseos se habían cumplido. Los concurrentes le subieron en brazos a la tribuna y comenzó la misa. En aquel punto sonaban las doce en el reloj de la catedral.

Pasó el introito, y el evangelio, y el ofertorio, y llegó el instante solemne en que el sacerdote, después de haberla consagrado, toma con la extremidad de sus dedos la sagrada forma y comienza a elevarla.

Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó el ámbito de la iglesia. Las campanillas repicaron con un sonido vibrante y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del órgano.

Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que se perdió poco a poco, como si una ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.

A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió otro lejano y suave, que fue creciendo, creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora armonía. Era la voz de los ángeles que, atravesando los espacios, llegaba al mundo.

Después comenzaron a oírse como unos himnos distantes que entonaban las jerarquías de serafines. Mil himnos a la vez, que al confundirse formaban uno solo que, no obstante, sólo era el acompañamiento de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de acordes misteriosos, como un jirón de niebla sobre las olas del mar.

Luego fueron perdiéndose unos cantos; después, otros. La combinación se simplificaba. Ya no eran más que dos voces, cuyos ecos se confundían entre sí; luego quedó una aislada, sosteniendo una nota brillante como un hilo de luz. El sacerdote inclinó la frente, y por encima de su cabeza cana, y como a través de una gasa azul que fingía el humo del incienso, apareció la hostia a los ojos de los fieles. En aquel instante, la nota que maese Pérez sostenía tremendo se abrió, se abrió, y una explosión de armonía gigante estremeció la iglesia, en cuyos ángulos zumbaba el aire comprimido y cuyos vidrios de colores se estremecían en sus angostos ajimeces.

De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde se desarrolló un tema, y unos cerca, otros lejos, éstos brillantes, aquéllos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas y las frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban, cada cual en su idioma, un himno al nacimiento del Salvador.

La multitud escuchaba atónita y suspendida. En todos los ojos había una lágrima; en todos los espíritus, un profundo recogimiento.

El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque aquel que levantaba en ellas, aquel a quien saludaban hombres y arcángeles, era su Dios, era su Dios, y le parecía haber visto abrirse los cielos y transfigurarse la hostia.

El órgano proseguía sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente, como una voz que se pierde de eco en eco y se aleja y se debilita al alejarse, cuando sonó un grito en la tribuna, un grito desgarrador, agudo, un grito de mujer.

El órgano exhaló un sonido discorde y extraño, semejante a un sollozo, y quedó mudo.

La multitud se agolpó a la escalera de la tribuna, hacia la que, arrancados de su éxtasis religioso, volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles.

--¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa? --se decían unos a otros, y nadie sabía responder, y todos se empeñaban en adivinarlo, y crecía la confusión, y el alboroto comenzaba a subir de punto, amenazando turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.

--¿Qué ha sido eso? --preguntaron las damas al asistente que, precedido de los ministriles, fue uno de los primeros a subir a la tribuna y que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía al puesto en donde le esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la causa de aquel desorden.

--¿Qué hay?

--Que maese Pérez acaba de morir.

En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por la escalera, llegaron a la tribuna, vieron al pobre organista caído de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún vibraba sordamente, mientras su hija, arrodillada a sus pies, le llamaba en vano entre suspiros y sollozos.

--Buenas noches, mi señora doña Baltasara. ¿También usarced viene esta noche a la misa del Gallo? Por mi parte, tenía hecha intención de irla a oír a la parroquia; pero, lo que sucede... ¿Dónde va Vicente? Dónde va la gente. Y eso que, si he de decir la verdad, desde que murió maese Pérez parece que me echan una losa sobre el corazón cuando entro en Santa Inés... ¡Pobrecito! ¡Era un santo! ... Yo de mí sé decir que conservo un pedazo de su jubón como una reliquia, y lo merece... Pues en Dios y en mi ánima que si el señor arzobispo tomara mano en ello, es seguro que nuestros nietos le verían en altares ... Mas ¿cómo ha de ser?... A muertos y a ¡dos no hay amigos! ... Ahora lo que priva es la novedad.... ya me entiende usarced. ¡Qué! ¿No sabe nada de lo que pasa? Verdad que nosotras nos parecemos en eso: de nuestra casita a la iglesia y de la iglesia a nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice o se deja de decir... Sólo que yo, así.... al vuelo.... una palabra de acá, otra de acullá... sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar al corriente de algunas novedades.

Pues sí, señor. Parece cosa hecha que el organista de San Román, aquel bisojo que siempre está echando pestes de los otros organistas, aquel perdulariote, que más parece jifero de la Puerta de la Carne que maestro de solfa va a tocar esta Nochebuena en lugar de maese Pérez. Ya sabrá usarced, porque esto lo ha sabido todo el mundo y es cosa pública en Sevilla, que nadie quería comprometerse a hacerlo. Ni aun su hija, que es profesora, y después de la muerte de su padre entró en el convento de novicia.

Y era natural: acostumbrados a oír aquellas maravillas, cualquier otra cosa había de parecernos mala, por más que quisieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad había decidido que en honor del difunto, y como muestra de respeto a su memoria, permanecería callado el órgano en esta noche, hete aquí que se presenta nuestro hombre diciendo que él se atreve a tocarle... No hay nada más atrevido que la ignorancia... Cierto que la culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanación. Pero así va el mundo... Y digo... No es cosa la gente que acude ... Cualquiera diría que nada ha cambiado de un año a otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animación en el atrio, la misma multitud en el templo... ¡Ay, si levantara el muerto la cabeza! Se volvía a morir, por no oír su órgano tocado por manos semejantes.

Lo que tiene que, si es verdad lo que me han dicho las gentes del barrio, le preparan una buena al intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas, va a comenzar una algarabía de sonajas, panderos y zambombas que no haya más que oír... Pero, ¡calle!, ya entra en la iglesia el héroe de la función. ¡Jesús, qué ropilla de colorines, qué gorguera de canutos qué aires de personaje! Vamos, vamos, que ya hace rato que llegó el arzobispo y va a comenzar la misa... Vamos, que me parece que esta noche va a darnos que contar para muchos días.

Esto diciendo, la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus exabruptos de locuacidad penetró en Santa Inés, abriéndose, según costumbre, un camino entre la multitud a fuerza de empellones y codazos.

Ya se había dado principio a la ceremonia. El templo estaba tan brillante como el año anterior.

El nuevo organista, después de atravesar por en medio de los fieles que ocupaban las naves para ir a besar el anillo del prelado, había subido a la tribuna, donde tocaba, unos tras otros, los registros del órgano con una gravedad tan afectada como ridícula.

Entre la gente menuda que se apiñaba a los pies de la iglesia se oía un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la tempestad comenzaba a fraguarse y no tardaría mucho en dejarse sentir.

--Es un truhán que, por no hacer nada bien, ni aun mira a derechas --decían los unos.

--Es un ignorantón que, después de haber puesto el órgano de su parroquia peor que una carraca, viene a profanar el de maese Pérez --decían los otros.

Y mientras éste se desembarazaba del capote para prepararse a darle de firme a su pandero, y aquel apercibía sus sonajas, y todos se disponían a hacer bulla a más y mejor, sólo alguno que otro se aventuraba a defender tibiamente al extraño personaje, cuyo porte orgulloso y pedantesco hacía tan notable contraposición con la modesta apariencia y la afable bondad del difunto maese Pérez.

Al fin llegó el esperado momento, el momento solemne en que el sacerdote, después de inclinarse y murmurar algunas palabras santas, tomó la hostia en sus manos... Las campanillas repicaron, semejando su repique una lluvia de notas de cristal. Se elevaron las diáfanas ondas del incienso y sonó el órgano.

Una estruendosa algarabía llenó los ámbitos de la iglesia en aquel instante y ahogó su primer acorde.

Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho alzaron sus discordantes voces a la vez; pero la confusión y el estrépito sólo duró algunos segundos. Todos a la vez, como habían comenzado, enmudecieron de pronto.

El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, se sostenía aún, brotando de los tubos de metal del órgano como una cascada de armonía inagotable y sonora.

Cantos celestes como los que acarician los oídos en los momentos de éxtasis, cantos que percibe el espíritu y no los puede repetir el labio, notas sueltas de una melodía lejana que suenan a intervalos, traídas en las ráfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los árboles con un murmullo semejante al de la lluvia, trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta despedida a las nubes; estruendos sin nombre, imponentes como los rugidos de una tempestad; coros de serafines sin ritmo ni cadencia, ignota música del cielo que sólo la imaginación comprende, himnos alados que parecían remontarse al trono del Señor como una tromba de luz y de sonidos.... todo lo expresaban las cien voces del órgano con más pujanza, con más misteriosa poesía, con más fantástico color que lo habían expresado nunca.

…………………………………………………………………………………………….

Cuando el organista bajó de la tribuna, la muchedumbre que se agolpó a la escalera fue tanta y tanto su afán por verle y admirarle, que el asistente, temiendo, no sin razón, que le ahogaran entre todos, mandó a algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado le esperaba.

--Ya veis --le dijo este último cuando le trajeron a su presencia--. Vengo desde mi palacio aquí sólo por escucharos. ¿Seréis tan cruel como maese Pérez que nunca quiso excusarme el viaje tocando la Nochebuena en la misa de la catedral?

--El año que viene --respondió el organista-- prometo daros gusto, pues por todo el oro de la tierra no volvería a tocar este órgano.

--¿Y por qué? --interrumpió el prelado.

--Porque... --añadió el organista, procurando dominar la emoción que se revelaba en la palidez de su rostro--, porque es viejo y malo, y no puede expresar todo lo que se quiere.

El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares. Unas tras otras, las literas de los señores fueron desfilando y perdiéndose en las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron, dispersándose los fieles en distintas direcciones, y ya la demandadera se disponía a cerrar las puertas de la entrada del atrio, cuando se divisaban aún dos mujeres que después de persignarse y murmurar una oración ante el retablo del arco de San Felipe, prosiguieron su camino, internándose en el callejón de las Dueñas.

--Qué quiere usarced, mi señora doña Baltasara --decía la una--. Yo soy de este genial. Cada loco con su tema... Me lo habían de asegurar capuchinos descalzos y no lo creería del todo... Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo lo he oído mil veces en San Bartolomé, que era su parroquia, y de donde tuvo que echarle el señor cura por malo, y era cosa de taparse los oídos con algodones... Y luego, si no hay más que mirarle al rostro, que, según dicen, es el espejo del alma... Yo me acuerdo, pobrecito, como si la estuviera viendo, me acuerdo de la cara de maese Pérez cuando, en semejante noche como ésta, bajaba de la tribuna, después de haber suspendido al auditorio con sus primores... ¡Qué sonrisa tan bondadosa, qué color tan animado! ... Era viejo y parecía un ángel... No que éste ha bajado las escaleras a trompicones, como si le ladrase un perro en la meseta, y con un color de difunto y unas... Vamos, mi señora doña Baltasara, créame usarced, y créame con todas veras: yo sospecho que aquí hay busilis ...

Comentando las últimas palabras, las dos mujeres doblaban la esquina del callejón y desaparecían.

Creemos inútil decir a nuestros lectores quién era una de ellas.

IV

Había transcurrido un año más. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de maese Pérez hablaban en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquilón llamaba a voz herida a los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio, silencioso y desierto esta vez, y después de tomar el agua bendita en la puerta, escogía un puesto en un rincón de las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente a que comenzara la misa del Gallo.

--Ya lo veis --decía la superiora-- vuestro temor es sobremanera pueril; nadie hay en el templo; toda Sevilla acude en tropel a la catedral esta noche. Tocad vos el órgano, y tocadle sin desconfianza de ninguna clase; estaremos en comunidad... Pero... proseguís callando, sin que cesen vuestros suspiros. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis?

--Tengo... miedo --exclamó la joven con un acento profundamente conmovido.

--¡Miedo! ¿De qué?

--No sé.... de una cosa sobrenatural... Anoche, mirad, yo os había oído decir que teníais empeño en que tocase el órgano en la misa y, ufana con esta distinción, pensé arreglar sus registros y templarle, a fin de que hoy os sorprendiese ... Vine al coro... sola.... abrí la puerta que conduce a la tribuna ... En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora .... no sé cuál ... pero las campanadas eran tristísimas y muchas .... muchas.... estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanecí como clavada en el dintel, y aquel tiempo me pareció un siglo.

La iglesia estaba desierta y oscura... Allá... lejos, en el fondo, brillaba, como una estrella perdida en el cielo de la noche, una luz moribunda ... : la luz de la lámpara que arde en el altar mayor... A sus reflejos debilísimos, que sólo contribuían a hacer más visible todo el profundo horror de las sombras, vi.... lo vi, madre, no lo dudéis; vi un hombre que, en silencio, y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba, recorría con una mano las teclas del órgano, mientras tocaba con la otra a sus registros.... y el órgano sonaba, pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco y reproducía el tono sordo, casi imperceptible, pero justo.

Y el reloj de la catedral continuaba dando la hora, y el hombre aquel proseguía recorriendo las teclas. Yo oía hasta su respiración.

El horror había helado la sangre de mis venas; sentía en mi cuerpo como un frío glacial, y en mis sienes fuego... Entonces quise gritar, quise gritar, pero no pude. El hombre aquel había vuelto la cara y me había mirado ... ; digo mal, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre!

--¡Bah! Hermana, desechad esas fantasías con que el enemigo malo procura turbar las imaginaciones débiles... Rezad un paternoster y un avemaría al arcángel San Miguel, jefe de las milicias celestiales, para que os asista contra los malos espíritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San Pacomio, abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad a ocupar la tribuna del órgano; la misa va a comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles... Vuestro padre está en el cielo, y desde allí, antes que a daros sustos, bajará a inspirar a su hija en esta ceremonia solemne, para él objeto de tan especial devoción.

La priora fue a ocupar su sillón en el coro en medio de la comunidad. La hija de maese Pérez abrió con mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó la misa.

Comenzó la misa y prosiguió sin que ocurriese nada notable hasta que llegó la consagración. En aquel momento, sonó el órgano, y al mismo tiempo que el órgano, un grito de la hija de maese Pérez. La superiora de las monjas y algunos de los fieles corrieron a la tribuna.

-- ¡Miradle! ¡Miradle! --decía la joven, fijando sus desencajados ojos en el banquillo, de donde se había levantado, asombrada, para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna.

Todo el mundo fijó sus miradas en aquel punto. El órgano estaba solo, y, no obstante, el órgano seguía sonando ... ; sonando como sólo los arcángeles podrían imitarle en sus raptos de místico alborozo.

* * *

--¿No os lo dije yo una y mil veces, mi señora doña Baltasara; no os lo digo yo?... ¡Aquí hay busilis! ... Vedlo... ¡Qué!, ¿no estuvisteis anoche en la misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que pasó. En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está hecho, y con razón, una furia... Haber dejado de asistir a Santa Inés, no haber podido presenciar el portento ... ¿y para qué?... Para oír una cencerrada, porque personas que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San Bartolomé en la catedral no fue otra cosa ... Si lo decía yo. Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira ... ; aquí hay busilis, y el busilis era, en efecto, el alma de maese Pérez.

La sima

La sima

Pío Baroja

 

El paraje era severo, de adusta severidad. En el término del horizonte, bajo el cielo inflamado por nubes rojas, fundidas por los últimos rayos del sol, se extendía la cadena de montañas de la sierra, como una muralla azuladoplomiza, coronada en la cumbre por ingentes pedruscos y veteada más abajo por blancas estrías de nieve.

El pastor y su nieto apacentaban su rebaño dé cabras en el monte, en la cima del alto de las Pedrizas, donde se yergue como gigante centinela de granito el pico de la Corneja.

El pastor llevaba anguarina de paño amarillento sobre los hombros, zahones de cuero en las rodillas, una montera de piel de cabra en la cabeza, y en la mano negruzca, como la garra de un águila, sostenía un cayado blanco de espino silvestre. Era hombre tosco y primitivo; sus mejillas, rugosas como la corteza de una vieja encina, estaban en parte cubiertas por la barba naciente no afeitada en varios días, blanquecina y sucia.

El zagal, rubicundo y pecoso, correteaba seguido del mastín; hacía zumbar la honda trazando círculos vertiginosos por encima de su cabeza y contestaba alegre a las voces lejanas de los pastores y de los vaqueros, con un grito estridente, como un relincho, terminando en una nota clara, larga, argentina, carcajada burlona, repetida varias veces por el eco de las montañas.

El pastor y su nieto veían desde la cumbre del monte laderas y colinas sin árboles, prados yermos, con manchas negras, redondas, de los matorrales de retama y macizos violetas y morados de los tomillos y de los cantuesos en flor...

En la hondonada del monte, junto al lecho de una torrentera llena de hojas secas, crecían arbolillos de follaje verde negruzco y matas de brezo, de carrascas y de roble bajo.

Comenzaba a anochecer, corría ligera brisa; el sol iba ocultándose tras de las crestas de la montaña; sierpes y dragones rojizos nadaban por los mares de azul nacarado del cielo, y, al retirarse el sol, las nubes blanqueaban y perdían sus colores, y las sierpes y los dragones se convertían en inmensos cocodrilos y gigantescos cetáceos. Los montes se arrugaban ante la vista, y los valles y las hondonadas parecían ensancharse y agrandarse a la luz del crepúsculo.

Se oía a lo lejos el ruido de los cencerros de las vacas, que pasaban por la cañada, y el ladrido de los perros, el ulular del aire; y todos esos rumores, unidos a los murmullos indefinibles del campo, resonaban en la inmensa desolación del paraje como voces misteriosas nacidas de la soledad y del silencio.

--Volvamos, muchacho --dijo el pastor--. El sol se esconde.

El zagal corrió presuroso de un lado a otro, agitó sus brazos, enarboló su cayado, golpeó el suelo, dio gritos y arrojó piedras, hasta que fue reuniendo las cabras en una rinconada del monte. El viejo las puso en orden; un macho cabrío, con un gran cencerro en el cuello, se adelantó como guía, y el rebaño comenzó a bajar hacia el llano. Al destacarse el tropel de cabras sobre la hierba, parecía oleada negruzca, surcando un mar verdoso. Resonaba igual, acompasado, el alegre campanilleo de las esquilas.

--¿Has visto, zagal, si el macho cabrío de tía Remedios va en el rebaño? --preguntó el pastor.

--Lo vide, abuelo --repuso el muchacho.

--Hay que tener ojo con ese animal, porque malos dimoños me lleven si no le tengo malquerencia a esa bestia.

--Y eso, ¿ por qué vos pasa, abuelo?

--¿ No sabes que la tía Remedios tié fama de bruja en tó el lugar?

--¿Y eso será verdad, abuelo?

--Así lo ha dicho el sacristán la otra vegada que estuve en el lugar. Añaden que aoja a las presonas y a las bestias y que da bebedizos. Diz que la veyeron por los aires entre bandas de culebros.

El pastor siguió contando lo que de la vieja decían en la aldea, y de este modo departiendo con su nieto, bajaron ambos por el monte, de la senda a la vereda, de la vereda al camino, hasta detenerse junto a la puerta de un cercado. Veíase desde aquí hacia abajo la gran hondonada del valle, a lo lejos brillaba la cinta de plata del río, junto a ella adivinábase la aldea envuelta en neblinas; y a poca distancia, sobre la falda de una montaña, se destacaban las ruinas del antiguo castillo de los señores del pueblo.

--Abre el zarzo, muchacho --gritó el pastor al zagal.

Este retiró los palos de la talanquera, y las cabras comenzaron a pasar por la puerta del cerca

do, estrujándose unas con otras. Asustóse en esto uno de los animales, y, apartándose del camino, echó a correr monte abajo velozmente.

--Corre, corre tras él, muchacho --gritó el viejo, y luego azuzó al mastín, para que persiguiera al animal huido.

--Anda, Lobo. Ves a buscallo.

El mastín lanzó un ladrido sordo, y partió como una flecha.

--¡Anda! ¡Alcánzale! --siguió gritando el pastor--. Anda ahí.

El macho cabrío saltaba de piedra en piedra como una pelota de goma; a veces se volvía a mirar para atrás, alto, erguido, con sus lanas negras y su gran perilla diabólica. Se escondía entre los matorrales de zarza y de retama, iba haciendo cabriolas y dando saltos.

El perro iba tras él, ganaba terreno con dificultad; el zagal seguía a los dos, comprendiendo que la persecución había de concluir pronto, pues la parte abrupta del monte terminaba a poca distancia en un descampado en cuesta. Al llegar allí, vio el zagal al macho cabrío, que corría desesperadamente perseguido por el perro; luego le vio acercarse sobre un montón de rocas y desaparecer entre ellas. Había cerca de las rocas una cueva que, según algunos, era muy profunda, y, sospechando que el animal se habría caído allí, el muchacho se asomó a mirar por la boca de la caverna. Sobre un rellano, de la pared de ésta, cubierto de matas, estaba el macho cabrío.

El zagal intentó agarrarle por un cuerno, tendiéndose de bruces al borde de la cavidad; pero viendo lo imposible del intento, volvió al lugar donde se hallaba el pastor y le contó lo sucedido.

--¡Maldita bestia! --murmuró el viejo--. Ahora volveremos, zagal. Habemos primero de meter el rebaño en el redil.

Encerraron entre los dos las cabras, y, después de hecho esto, el pastor y su nieto bajaron hacia el descampado y se acercaron al borde de la sima. El chivo seguía en pie sobre las matas. El perro le ladraba desde fuera sordamente.

--Dadme vos la mano, abuelo. Yo me abajaré --dijo el zagal.

--Cuidiao, muchacho. Tengo gran miedo de que te vayas a caer.

--Descuidad vos, abuelo.

El zagal apartó las malezas de la boca de la cueva, se sentó a la orilla, dio a pulso una vuelta, hasta sostenerse con las manos en el borde mismo de la oquedad, y resbaló con los pies por la pared de la misma, hasta afianzarlos en uno de los tajos salientes de su entrada. Empujó el cuerno de la bestia con una mano, y tiró de él. El animal, al verse agarrado, dio tan tremenda sacudida hacia atrás, que perdió sus pies; cayó, en su caída arrastró al muchacho hacia el fondo del abismo. No se oyó ni un grito, ni una queja, ni el rumor más leve.

El viejo se asomó a la boca de la caverna.

--¡Zagal, zagal! --gritó, con desesperación.

Nada, no se oía nada.

--¡ Zagal! ¡ Zagal!

Parecía oírse mezclado con el murmullo del viento un balido doloroso que subía desde el fondo de la caverna.

Loco, trastornado, durante algunos instantes, el pastor vacilaba en tomar una resolución; luego se le ocurrió pedir socorro a los demás cabreros, y echó a correr hacia el castillo.

Este parecía hallarse a un paso; pero estaba a media hora de camino, aun marchando a campo traviesa, era un castillo ojival derruido, se levantaba sobre el descampado de un monte; la penumbra ocultaba su devastación y su ruina, y en el ambiente del crepúsculo parecía erguirse y tomar proporciones fantásticas.

El viejo caminaba jadeante. Iba avanzando la noche; el cielo se llenaba de estrellas; un lucero brillaba con su luz de plata por encima de un monte, dulce y soñadora pupila que contempla el valle.

El viejo, al llegar junto al castillo, subió a él por una estrecha calzada; atravesó la derruida escarpa, y por la gótica puerta entró en un patio lleno de escombros, formado por cuatro paredones agrietados, únicos restos de la antigua mansión señorial.

En el hueco de la escalera de la torre, dentro de un cobertizo hecho con estacas y, paja, se veían a la luz de un candil humeante, diez o doce hombres, rústicos pastores y cabreros agrupados en derredor de unos cuantos tizones encendidos.

El viejo, balbuceando, les contó lo que había pasado. Levantáronse los hombres, cogió uno de ellos una soga del suelo y salieron del castillo. Dirigidos por el viejo, fueron camino. del descampado, en donde se hallaba la cueva.

La coincidencia de ser el macho cabrío de la vieja hechicera el que había arrastrado al zagal al fondo de la cueva, tomaba en la imaginación de los cabreros grandes y extrañas proporciones.

--¿Y si esa bestia fuera el dimoño? --dijo uno.

--Bien podría ser --repuso otro.

Todos se miraron, espantados.

Se había levantado la luna; densas nubes negras, como rebaños de seres monstruosos, corrían por el cielo; oíase alborotado rumor de esquilas; brillaban en la lejanía las hogueras de los pastores.

Llegaron al descampado, y fueron acercándose a la sima con el corazón palpitante. Encendió uno de ellos un brazado de ramas secas y lo asomó a la boca de la caverna. El fuego iluminó las paredes erizadas de tajos y de pedruscos; una nube de murciélagos despavoridos se levantó y comenzó a revolotear en el aire.

--¿Quién abaja? --preguntó el pastor, con voz apagada.

Todos vacilaron, hasta que uno de los mozos indicó que bajaría él, ya que nadie se prestaba. Se ató la soga por la cintura, le dieron una antorcha encendida de ramas de abeto, que cogió en una mano, se acercó a la sima y desapareció en ella. Los de arriba fueron bajándole poco a poco; la caverna debía ser muy honda, porque se largaba cuerda, sin que el mozo diera señal de haber llegado.

De repente, la cuerda se agitó bruscamente, oyéronse gritos en el fondo del agujero, comenzaron los de arriba a tirar de la soga, y subieron al mozo más muerto que vivo. La antorcha en su mano estaba apagada.

--¿Qué viste? ¿Qué viste? --le preguntaron todos.

--Vide al diablo, todo bermeyo, todo bermeyo.

El terror de éste se comunicó a los demás cabreros.

--No abaja nadie --murmuró, desolado, el pastor--. ¿Vais a dejar morir al pobre zagal?

--Ved, abuelo, que ésta es una cueva del dimoño --dijo uno--. Abajad vos, si queréis.

El viejo se ató, decidido, la cuerda a la cintura y se acercó al borde del negro agujero.

Oyóse en aquel momento un murmullo vago y lejano, como la voz de un ser sobrenatural. Las piernas del viejo vacilaron.

--No me atrevo... Yo tampoco me atrevo --dijo, y comenzó a sollozar amargamente.

Los cabreros, silenciosos, miraban sombríos al viejo. Al paso de los rebaños hacia la aldea, los pastores que los guardaban acercábanse al grupo formado alrededor de la sima, rezaban en silencio, se persignaban varias veces y seguían su camino hacia el pueblo.

Se habían reunido junto a los pastores mujeres y hombres, que cuchicheaban comentando el suceso. Llenos todos de curiosidad, miraban la boca negra de la caverna, y, absortos, oían el murmullo que escapaba de ella, vago, lejano y misterioso.

Iba entrando la noche. La gente permanecía allí, presa aún de la mayor curiosidad.

Oyóse de pronto el sonido de una campanilla, y la gente se dirigió hacia un lugar alto para ver lo que era. Vieron al cura del pueblo que ascendía por el monte acompañado del sacristán, a la luz de un farol que llevaba este último. Un cabrero les había encontrado en el camino, y les contó, lo que pasaba.Al ver el viático, los hombres y las mujeres encendieron antorchas y se arrodillaron todos. A la luz sangrienta de las teas se vio al sacerdote acer­carse hacia el abismo. El viejo pastor lloraba con un hipo convulsivo. Con la cabeza inclinada hacia el pecho, el cura empezó a rezar el oficio de difuntos; contestábanle, murmurando a coro, hombres y mujeres, una triste salmodia; chispo­rroteaban y crepitaban las teas humeantes, y a veces, en un momento de silencio, se oía el quejido misterioso que escapaba de la cueva, vago y lejano.

Concluidas las oraciones, el cura se retiró, y tras él las mujeres y los hombres, que iban sosteniendo al viejo para alejarle de aquel lugar maldito.

Y en tres días y tres noches se oyeron lamentos y quejidos, vagos, lejanos y misteriosos, que salían del fondo de la sima.

El reloj

El reloj

Pío Baroja

 

Porque todos sus días, dolores, y sus ocupaciones, molestias, aún de noche su corazón no reposa. (Eclesiastés.)

 

Hay en los dominios de la fantasía bellas comarcas en donde los árboles suspiran y los arroyos cristalinos se deslizan cantando por entre orillas esmaltadas de flores a perderse en el azul mar. Lejos de estas comarcas, muy lejos de ellas, hay una región terrible y misteriosa en donde los árboles elevan al cielo sus descarnados brazos de espectro y en donde el silencio y la oscuridad proyectan sobre el alma rayos intensos de sombría desolación y de muerte.

Y en lo más siniestro de esa región de sombras, hay un castillo, un castillo negro y grande, con torreones almenados, con su galería ojival ya derruida y un foso lleno de aguas muertas y malsanas.

Yo la conozco, conozco esa región terrible. Una noche, emborrachado por mis tristezas y por el alcohol, iba por el camino tambaleándome como un barco viejo al compás de las notas de una vieja canción marinera.

Era una canción la mía en tono menor, canción de pueblo salvaje y primitivo, triste como un canto luterano, canción serena de una amargura grande y sombría, de la amargura de la montaña y del bosque. Y era de noche. De repente, sentí un gran terror. Me encontré junto al castillo, y entré en una sala desierta; un alcotán, con un ala rota, se arrastraba por el suelo.

Desde la ventana se veía la luna, que ilumina a con su luz espectral el campo yerto y desnudo; en los fosos se estremecía el agua intranquila y llena de emanaciones. Arriba, en el cielo, el brillante Arturus resplandecía y titilaba con un parpadeo misterioso y confidencial. En la lejanía las llamas de una hoguera se agitaban con el viento.

En el ancho salón, adornado con negras colgaduras, puse mi cama de helechos secos. El salón estaba abandonado; un braserillo, donde ardía un montón de teas, lo iluminaba. Junto a una pared del salón había un reloj gigantesco, alto y estrecho como un ataúd, un reloj de caja negra que en las noches llenas de silencio lanzaba su tictac metálico con la energía de una amenaza.

«¡Ah! Soy feliz -me repetía a mí mismo-. Ya no oigo la odiosa voz humana, nunca, nunca.»

Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.

La vida estaba dominada; había encontrado el reposo. Mi espíritu gozaba con el horror de la noche, mejor que con las claridades blancas de la aurora.

¡Oh! Me encontraba tranquilo, nada turbaba mi calma; allí podía pasar mi vida solo, siempre solo, rumiando en silencio el amargo pasto de mis ideas, sin locas esperanzas, sin necias ilusiones, con el espíritu lleno de serenidades grises, como un paisaje de otoño.

Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.

En las noches calladas una nota melancólica, el canto de un sapo me acompañaba.

--Tú también --le decía al cantor de la noche-- vives en la soledad. En el fondo de tu escondrijo no tienes quien te responda más que el eco de los latidos de tu corazón.

Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.

Una noche, una noche callada, sentí el terror de algo vago que se cernía sobre mi alma; algo tan vago como la sombra de un sueño en el mar agitado de las ideas. Me asomé a la ventana. Allá en el negro cielo se estremecían y palpitaban los astros, en la inmensidad de sus existencias solitarias; ni un grito, ni un estremecimiento de vida en la tierra negra.

Y el reloj sombrío medía indiferente las horas tristes con su tictac metálico.

Escuché atentamente; nada se oía. ¡El silencio, el silencio por todas partes! Sobrecogido, delirante, supliqué a los árboles que suspiraban en la noche que me acompañaran con suspiros; supliqué al viento que murmurase entre el follaje, y a la lluvia que resonara en las hojas secas del camino; e imploré de las cosas y de los hombres que no me abandonasen, y pedí a la luna que rompiera su negro manto de ébano y acariciara mis ojos, mis pobres ojos, turbios por la angustia de la muerte, con su mirada argentada y casta.

Y los árboles, y la luna, y la lluvia, y el viento permanecieron sordos.

Y el reloj sombrío que mide indiferente las horas tristes se había parado para siempre.

August 28

Una hitoria de H. P. Lovecraft

Escribo esto bajo una considerable tensión mental, ya que al caer la noche mi existencia tocará a su fin. Sin un céntimo, y agotada la provisión de droga que es lo único que me hace soportable la vida, no podré aguantar mucho más esta tortura y me arrojaré por la ventana de esta buhardilla a la mísera calle de abajo. Que mi adicción a la morfina no les lleve a considerarme un débil o un degenerado. Cuando hayan leído estas páginas apresuradamente garabateadas, podrán comprender, aunque no completamente, por qué debo olvidar o morir.

Fue en una de las zonas más abiertas y desoladas del gran Pacífico donde el buque del que yo era sobrecargo fue alcanzado por el cazador de barcos alemán. Entonces la gran guerra se hallaba en sus comienzos y las fuerzas oceánicas del Huno aún no habían llegado a su posterior decadencia; así que nuestra nave fue presa según las convenciones, y su tripulación tratada con el respeto y consideración debida a prisioneros de guerra. De hecho, la disciplina de nuestros captores era tan relajada que cinco días más tarde logré huir en un botecillo con agua y provisiones para bastante tiempo.

Cuando finalmente me encontré con las amarras cortadas y libre, tenía muy poca idea de mi posición. No siendo navegante avezado tan sólo podía suponer vagamente, por el sol y las estrellas, que me encontraba al sur del ecuador. Desconocía mi longitud, y no había a la vista ni islas ni costas. El tiempo permanecía bonancible y durante un número indeterminado de días navegué sin rumbo bajo el sol abrasador, esperando el paso de un barco o la arribada a las playas de alguna tierra habitable. Pero ni barcos ni tierra hacían su aparición, y yo comencé a desesperar en mi soledad, en medio de aquella oscilante inmensidad de azul ilimitado.

El cambio tuvo lugar mientras dormía. Jamás conocí los detalles, ya que mi sueño, aunque problemático y repleto de visiones, fue ininterrumpido. Cuando desperté, lo hice para encontrarme medio hundido en una cenagosa extensión de infernal fango negro que me rodeaba en monótonas ondulaciones hasta tan lejos como llegaba la vista, y en el que mi bote se encontraba embarrancado a cierta distancia.

Aunque podría suponerse que mi primera sensación ante esa prodigiosa e inesperada transformación del paisaje fuese la del asombro, en realidad me encontraba más espantado que perplejo; ya que había en la atmósfera y en el suelo putrefacto una cualidad siniestra que me helaba hasta la médula. La zona era un pudridero de cadáveres de peces descompuestos, así como de otras cosas menos descriptibles que pude ver insinuándose entre el asqueroso légamo de aquella interminable llanura. Quizás no debiera intentar el transcribir con simples palabras la indecible abominación que parecía asentarse en el absoluto silencio y la estéril inmensidad. No había nada al alcance del oído, ni de la vista, excepto una inmensidad de negro limo; y, sin embargo, la absoluta quietud y la monotonía del paisaje me agobiaban con un terror nauseabundo.

El sol llameaba en un cielo que me pareció casi negro en su cruel ausencia de nubes, como reflejando las ciénagas de tinta que había bajo mis pies. Mientras me arrastraba hacia el bote atorado, comprendí que tan sólo había una teoría que pudiera explicar mi situación. Debido a algún cataclismo volcánico sin precedentes, parte del lecho marino debía haber emergido, revelando áreas que parecían haberse mantenido ocultas durante millones de años en las insondables profundidades oceánicas. Tan grande era la extensión de esa nueva tierra alzada bajo mis pies que, por más que aguzase el oído, no se captaba el menor rumor de oleaje. Tampoco había allí ninguna ave marina que se alimentase de los seres muertos.

Durante algunas horas permanecí pensando o cavilando en el bote, que yacía de costado y prestaba una ligera sombra según el sol corría el cielo. Al avanzar el día, el suelo fue perdiendo algo de fluidez, pareciendo en poco tiempo lo bastante seco como para permitir viajar a su través. Esa noche dormí, aunque poco, y al día siguiente preparé un paquete con comida y agua, necesario para una marcha en busca del mar desaparecido, así como de un posible rescate.

A la tercera mañana descubrí que el suelo se encontraba lo bastante seco como para caminar con facilidad. La peste a pescado era exasperante, pero me hallaba demasiado absorto en asuntos de más importancia como para preocuparme por eso, y, resuelto, me puse en marcha hacia una meta desconocida. Durante todo el día avancé siempre hacia el oeste, guiado por un lejano montículo que descollaba sobre las demás elevaciones de aquel desierto ondulado. Acampé aquella noche, y al día siguiente aún estaba en camino hacia el montículo, aunque parecía apenas más próximo que cuando le había avistado por primera vez. El cuarto atardecer alcancé el pie del promontorio, que resultó ser mucho más alto de lo que parecía a distancia; un valle interpuesto hacía aún más pronunciado su relieve sobre la superficie. Demasiado cansado para ascenderlo, me dormí a la sombra de la colina.

No sé por qué mis sueños resultaron tan estrafalarios esa noche; pero antes de que la menguante luna, fantásticamente gibosa, se hubiese elevado mucho sobre la llanura oriental, me encontraba despierto, bañado en sudor frío, decidido a no dormir más. Las visiones habidas resultaban demasiado como para atreverse a arrostrarlas de nuevo. Y al resplandor de la luna comprendí cuán necio había sidó al viajar de día. Sin el brillo del sol abrasador, mi viaje hubiera resultado menos fatigoso; de hecho, me sentí de nuevo lo bastante fuerte como para acometer el ascenso que había descartado al ocaso. Recogiendo mi hatillo, empecé a subir hacia la cumbre de la elevación.

Ya he comentado que la interminable monotonía de la ondulante llanura era fuente de vago horror para mí, pero creo que mi espanto se vio acrecentado cuandc alcancé la cima del montículo y miré al otro lado de un inconmensurable barranco o cañón cuyas negras profundidades la luna, aún no lo bastante alta, no llegaba a iluminas. Me sentí como en el fin del mundo, atisbando al borde de un caos insondable de noche eterna. En mi terror me venían curiosas reminiscencias del Paraíso perdido y del odioso ascenso de Satán a través de remotos territorios de oscuridad.

Al ascender más la luna, comencé a distinguir que las cuestas del valle no resultaban tan perpendiculares como había supuesto. Salientes y afloramientos de piedra proporcionaban apoyos fáciles y seguros para el descenso, además de que a partir de unos pocos cientos de metros la pendiente se hacía más gradual. Acuciado por un impulso que me resulta difícil de analizar por completo, descendí dificultosamente las rocas y alcancé la más suave ladera de abajo, ojeando aquellas profundidades estigias que la luz aún no había penetrado.

Sobre todo, mi atención se vio prendida por un objeto grande y singular de la ladera opuesta, que se alzaba a pico un ciento de metros más adelante; un objeto que relucía blanquecino a los recién llegados rayos de la luna en ascenso. Era tan sólo una gigantesca pieza de roca, como pronto pude cerciorarme; pero yo había tenido una clara idea de que su contorno y ubicación no eran completamente obra de la naturaleza. Un examen más detenido me colmó de indescriptibles sensaciones; ya que a pesar de su enorme tamaño y de que se encontraba situado en un abismo abierto en el fondo de los mares desde la juventud de la tierra, vi más allá de cualquier duda razonable que el extraño objeto era un monolito perfectamente tallado, cuya inmensa mole había conocido el trabajo y quizás là adoración de criaturas vivas y racionales.

Aturdido y espantado, aunque no sin cierto escalofrío de placer propio de un científico o arqueólogo, examiné los alrededores con mayor detenimiento. La luna, ahora próxima al cenit, brillaba de forma extraña y vivida sobre los colosales peldaños que circundaban el abismo, revelando el hecho de que un regato de agua fluía al fondo, perdiéndose de vista en ambos sentidos y casi llegando a lamer mis pies cuando fui a detenerme al pie de la ladera. A1 otro lado del barranco, las pequeñas olas golpeteaban la base del ciclópeo monolito, en cuya superFicie puede ver entonces cinceladas inscripciones y toscos relieves. La escritura estaba formada por un sistema dejeroglíficos desconocidos para mí, distinto a cuanto hubiera visto en los libros; consistía en su mayor parte en símbolos acuáticos convencionales, tales como peces, anguilas, pulpos, crustáceos, moluscos, ballenas y cosas así. Algunos caracteres, obviamente, representaban seres marinos desconocidos para el mundo moderno, pero cuyos cuerpos en descomposición yo había observado en la llanura surgida del océano.

De entre todo, no obstante, fueron los relieves pictóricos los que más me subyugaron. Visibles con claridad al otro lado del agua interpuesta, gracias a su enorme tamaño, formaban un cúmulo de bajorrelieves cuyos motivos hubieran podido despertar la envidia de un Doré. Creo que podría suponerse que aquellos seres representaban hombres... o al menos, cierta clase de hombres; aunque se mostraba a las criaturas retozando como peces en las aguas de alguna gruta marina, o rindiendo pleitesía en algún santuario monolítico, al parecer también sumergido. No osaré entrar en detalles acerca de sus formas y rostros, ya que el siempre recuerdo me provoca vértigos. Grotescos más allá de la imaginación de un Poe o un Bulwer, resultaban en líneas generales condenadamente humanos a pesar de sus manos y pies palmeados; labios espantosamente gruesos y fofos, vidriosos ojos saltones, así como otros rasgos aún menos agradables de recordar. Cosa bastante curiosa, parecían cincelados sin guardar proporción con su escenario oceánico, ya que una de las criaturas era representada en el acto de matar a una ballena retratada como apenas un poco más grande. Reparé, como digo, en su deformidad y extraña estatura, pero enseguida decidí que se trataba sencillamente de los imaginarios dioses de alguna primitiva tribu de pescadores o marineros; una tribu cuyo último descendiente había muerto antes de que naciera el primer antepasado del hombre de Piltdown o el del Neanderthal. Espantado por este inesperado vistazo a un pasado más allá de la imaginación del más aventurado de los antropólogos, estuve meditando mientras la luna vertía extraños reflejos en el silencioso canal que había ante mí.

Entonces, bruscamente, lo vi. Con tan sólo un ligero chapoteo indicando su llegada a la superficie, el ser apareció sobre las oscuras aguas. Inmenso, semejante a un Polifemo, espantoso, se lanzó como un tremendo monstruo de pesadilla hacia el monolito, al que rodeo con sus gigantescos brazos escamosos al tiempo que abatía su monstruosa cabeza para prorrumpir en algunos sonidos pausados. Creo que enloquecí entonces.

De mi frenético remonte de la ladera y el risco, así como de mi delirante regreso al bote embarrancado, poco es lo que recuerdo. Creo que canté durante largo trecho, y que reía de forma extraña cuando ya no fui capaz de seguir cantando. Guardo confusos recuerdos de una gran tormenta desencadenada algún tiempo después de llegar al bote; y de alguna manera sé que oí retumbar de truenos, así como otros sonidos que la naturaleza profiere tan sólo en sus más desbocados momentos.

Cuando volví de entre las sombras me hallaba en un hospital de San Francisco, llevado allí por el capitán del barco norteamericano que había recogido mi bote en mitad del océano. Había hablado mucho durante mi delirio, pero descubrí que habían prestado escasa atención a mis palabras. Mis salvadores nada sabían de tierras afloradas en el Pacífico, y no vi la necesidad de insistir sobre cosas que sabía no creerían. En cierta ocasión acudí a un famoso etnólogo y lo entretuve con curiosas preguntas acerca de la vieja leyenda filistea de Dagón, el dios-pez; pero advirtiendo enseguida que era irremisiblemente convencional, desistí de mi intetrogatorio.

Es durante la noche, sobre todo, cuando la luna es gibosa y menguante, cuando veo al ser. Probé la morfina, pero la droga ha resultado ser tan sólo una solución pasajera y me ha atrapado entre sus garras como esclavo sin esperanza de remisión. Así que voy a acabar con todo, habiendo escrito una relación completa para el conocimiento o la engreída diversión de mis semejantes. A menudo me pregunto si no habrá sido todo una fantasía... un simple monstruo de la fiebre sufrida mientras yacía preso de la insolación y enloquecido en el bote descubierto, tras mi huida del buque de guerra alemán. Eso me digo, pero siempre me viene una espantosa y vívida imagen a modo de respuesta. No puedo pensar en el profundo mar sin estremecerme ante los indescriptibles seres que puede que en este mismo instante estén reptando y removiéndose en sus fondos cenagosos, adorando arcaicos ídolos de piedra y tallando sus propias y detestables imágenes en obeliscos submarinos de rezumante granito. Sueño con el día en que puedan emerger entre el oleaje y sumergir entre sus garras a los restos de una humanidad débil y agotada por la guerra... el día en que la tierra se hunda y el oscuro lecho marino se alce entre el pandemónium universal.

El fin está próximo. Escucho un ruido en la puerta, como si un cuerpo inmenso y resbaladizo se debatiera contra ella. No dará conmigo. Dios, ¡esa mano! ¡La ventana!¡La ventana!

El trasgo

El trasgo

Pío Baroja

 

El comedor de la venta de Aristondo, sitio en donde nos reuníamos después de cenar, tenía en el pueblo los honores de casino. Era una habitación grande, muy larga, separada de la cocina por un tabique, cuya puerta casi nunca se cerraba, lo que permitía llamar a cada paso para pedir café o una copa a la simpática Maintoni, la dueña de la casa, o a sus hijas, dos muchachas a cual más bonitas; una de ellas, seria, abstraída, con esa mirada dulce que da la contemplación del campo; la otra, vivaracha y de mal genio.

Las paredes del cuarto, blanqueadas de cal, tenían por todo adorno varios números de La Lidia, puestos con mucha simetría y sujetos a la pared con tachuelas, que dejaron de ser doradas para quedarse negras y mugrientas.

La mano del patrón, José Ona, se veía en aquello; su carácter, recto y al mismo tiempo bonachón y dulce como su apellido (Ona en vascuence significa bueno), se traslucía en el orden, en la simetría, en la bondad, si se me permite la palabra, que habían inspirado la ornamentación del cuarto.

Del techo del comedor, cruzado por largas vigas negruzcas, colgaban dos quinqués de petróleo, de esos de cocina, que aunque daban algo más humo que luz, iluminaban bastante bien la mesa del centro, como si dijéramos, la mesa redonda, y bastante mal otras mesas pequeñas, diseminadas por el cuarto.

Todas las noches tomábamos allí café; algunos preferían vino, y charlábamos un rato el médico joven, el maestro, el empleado de la fundición, Pachi el cartero, el cabo de la Guardia Civil y algunos otros de menor categoría y representación social.

Como parroquianos y además gente distinguida, nos sentábamos en la mesa del centro.

Aquella noche era víspera de feria y, por tanto, martes. Supongo que nadie ignorará que las ferias en Arrigotia se celebran los primeros miércoles de cada mes; porque, al fin y al cabo, Arrigotia es un pueblo importante, con sus sesenta y tantos vecinos, sin contar los caseríos inmediatos. Con motivo de la feria había más gente que de ordinario en la venta.

Estaban jugando su partida de, tute el doctor y el maestro, cuando entró la patrona, la obesa y sonriente Maintoni, y dijo:

--Oiga su merced, señor médico, ¿cómo siguen las hijas de Aspillaga, el herrador?

--¿Cómo han de estar? Mal --contestó el médico incomodado--, locas de remate. La menor, que es una histérica tipo, tuvo anteanoche un ataque, la vieron las otras dos hermanas reír y llorar sin motivo, y empezaron a hacer lo mismo. Un caso de contagio nervioso. Nada más.

--Y, oiga su merced, señor médico --siguió diciendo la patrona--, ¿es verdad que han llamado a la curandera de Elisabide?

--Creo que sí; y esa curandera, que es otra loca, les ha dicho que en la casa debe haber un duende, y han sacado en consecuencia que el duende es un gato negro de la vecindad, que se presenta allí de cuando en cuando. ¡Sea usted médico con semejantes imbéciles!

--Pues si estuviera usted en Galicia, vería usted lo que era bueno --saltó el empleado de la fundición--. Nosotros tuvimos una criada en Monforte que cuando se le quemaba un guiso o echaba mucha sal al puchero, decía que había sido o trasgo; y mientras mi mujer le regañaba por su descuido, ella decía que estaba oyendo al trasgo que se reía en un rincón.

--Pero, en fin --dijo el médico--, se conoce que los trasgos de allá no son tan fieros como los de aquí.

--¡Oh! No lo crea usted. Los hay de todas clases; así, al menos, nos decía a nosotros la criada de Monforte. Unos son buenos, y llevan a casa el trigo y el maíz que roban en los graneros, y cuidan de vuestras tierras y hasta os cepillan las botas; y otros son perversos y desentierran cadáveres de niños en los cementerios, y otros, por último, son unos guasones completos y se beben las botellas de vino de la despensa o quitan las tajadas al puchero y las sustituyen con piedras, o se entretienen en dar la gran tabarra por las noches, sin dejarle a uno dormir, haciéndole cosquillas o dándole pellizcos.

--¿Y eso es verdad? --preguntó el cartero, cándidamente.

Todos nos echamos a reír de la inocente salida del cartero.

--Algunos dicen que sí --contestó el empleado de la fundición, siguiendo la broma.

--Y se citan personas que han visto los trasgos --añadió uno.

--Sí --repuso el médico en tono doctoral--. En eso sucede como en todo. Se le pregunta a uno: «¿Usted lo vio?», y dicen: «Yo, no; pero el hijo de la tía Fulana, que estaba de pastor en tal parte, sí que lo vio», y resulta que todos aseguran una cosa que nadie ha visto.

--Quizá sea eso mucho decir, señor --murmuró una humilde voz a nuestro lado.

Nos volvimos a ver quién hablaba. Era un buhonero que había llegado por la tarde al pueblo, y que estaba comiendo en una mesa próxima a la nuestra.

--Pues qué, ¿usted ha visto algún duende de ésos? --dijo el cartero, con curiosidad.

--Sí, señor.

--¿Y cómo fue eso? --preguntó el empleado, guiñando un ojo con malicia--. Cuente usted, hombre, cuente usted, y siéntese aquí si ha concluido de comer. Se le convida a café y copa, a cambio de la historia, por supuesto --y el empleado volvió a guiñar el ojo.

--Pues verán ustedes --dijo el buhonero, sentándose a nuestra mesa--. Había salido por la tarde de un pueblo y me había oscurecido en el camino.

La noche estaba fría, tranquila, serena; ni una ráfaga de viento movía el aire.

El paraje infundía respeto; yo era la primera vez que viajaba por esa parte de la montaña de Asturias, y, la verdad, tenía miedo.

Estaba muy cansado de tanto andar con el cuévano en la espalda, pero no me atrevía a detenerme. Me daba el corazón que por los sitios que recorría no estaba seguro.

De repente, sin saber de dónde ni cómo, veo a mi lado un perro escuálido, todo de un mismo color, oscuro, que se pone a seguirme.

¿De dónde podía haber salido aquel animal tan feo?, me pregunté.

Seguí adelante, ¡hala, hala!, y el perro detrás, primero gruñendo y luego aullando, aunque por lo bajo.

La verdad, los aullidos de los perros no me gustan. Me iba cargando el acompañante, y, para librarme de él, pensé sacudirle un garrotazo; pero cuando me volví con el palo en la mano para dárselo, una ráfaga de viento me llenó los ojos de tierra y me cegó por completo.

Al mismo tiempo, el perro empezó a reírse detrás de mí, y desde entonces ya no pude hacer cosa a derechas; tropecé, me caí, rodé por una cuesta, y el perro, ríe que ríe, a mi lado.

Yo empecé a rezar, y me encomendé a San Rafael, abogado de toda necesidad, y San Rafael me sacó de aquellos parajes y me llevó a un pueblo.

Al llegar aquí, el perro ya no me siguió, y se quedó aullando con furia delante de una casa blanca con un jardín.

Recorrí el pueblo, un pueblo de sierra con lostejados muy bajos y las tejas negruzcas, que no tenía más que una calle. Todas las casas estaban cerradas. Solo a un lado de la calle había un cobertizo con luz. Era como un portalón grande, con vigas en el techo, con las paredes blanqueadas de cal. En el interior, un hombre desarrapa­do, con una boina, hablaba con una mujer vieja, calentándose en una hoguera. Entré allí, y les conté lo que me había sucedido.

--¿Y el perro se ha quedado aullando? --preguntó con interés el hombre.

--Sí; aullando junto a esa casa blanca que hay a la entrada de la calle.

--Era o trasgo --murmuró la vieja--, y ha venido a anunciarle la muerte.

--¿A quién? --pregunté yo, asustado.

--Al amo de esa casa blanca. Hace una media hora que está el médico ahí. Pronto volverá.

Seguimos hablando, y al poco rato vimos venir al médico a caballo, y por delante un criado con un farol.

--¿Y el enfermo, señor médico? --preguntó la vieja, saliendo al umbral del cobertizo.

--Ha muerto --contestó una voz secamente.

--¡Eh! --dijo la vieja--; era o trasgo.

Entonces cogió un palo, y marcó en el suelo, a su alrededor, una figura como la de los ochavos morunos, una estrella de cinco puntas. Su hijo la imitó, y yo hice lo mismo.

--Es para librarse de los trasgos --añadió la vieja.

Y, efectivamente, aquella noche no nos molestaron, y dormimos perfectamente...

Concluyó el buhonero de hablar, y nos levantamos todos para ir a casa.

MÉDIUM

MÉDIUM

Pío Baroja

Soy un hombre intranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He analizado todo, he profundizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía.

Desde hace tiempo duermo mucho, con un sueño sin ensueño; al menos, cuando me despierto, no recuerdo si he soñado; pero debo soñar; no comprendo por qué se me figura que debo soñar. A no ser que esté soñando ahora cuando hablo; pero duermo mucho; una prueba clara de que no estoy loco.

La médula mía está vibrando siempre, y los ojos de mi espíritu no hacen más que contemplar una cosa desconocida, una cosa gris que se agita con ritmo al compás de las pulsaciones de las arterias en mi cerebro.

Pero mi cerebro no piensa, y, sin embargo, está en tensión; podría pensar, pero no piensa... ¡Ah! ¿Os sonreís, dudáis de mi palabra? Pues bien, sí. Lo habéis adivinado. Hay un espíritu que vibra dentro de mi alma. Os lo contaré:

Es hermosa la infancia, ¿verdad? Para mí, el tiempo más horroroso de la vida. Yo tenía, cuando era niño, un amigo; se llamaba Román Hudson; su padre era inglés, y su madre, española.

Le conocí en el Instituto. Era un buen chico; sí, seguramente era un buen chico; muy amable, muy bueno; yo era huraño y brusco.

A pesar de estas diferencias, llegamos a hacer amistades, y andábamos siempre juntos. Él era un buen estudiante, y yo, díscolo y desaplicado; pero como Román siempre fue un buen muchacho, no tuvo inconveniente en llevarme a su casa y enseñarme sus colecciones de sellos.

La casa de Román era muy grande y estaba junto a la plaza de las Barcas, en una callejuela estrecha, cerca de una casa en donde se cometió un crimen, del cual se habló mucho en Valencia. No he dicho que pasé mi niñez en Valencia. La casa era triste, muy triste, todo lo triste que puede ser una casa, y tenía en la parte de atrás un huerto muy grande, con las paredes llenas de enredaderas de campanillas blancas y moradas.

Mi amigo y yo jugábamos en el jardín, en el jardín de las enredaderas, y en un terrado ancho, con losas, que tenía sobre la cerca enormes tiestos de pitas.

Un día se nos ocurrió a los dos hacer una expedición por los tejados y acercarnos a la casa del crimen, que nos atraía por su misterio. Cuando volvimos a la azotea, una muchacha nos dijo que la madre de Román nos llamaba.

Bajamos del terrado y nos hicieron entrar en una sala grande y triste. Junto a un balcón estaban sentadas la madre y la hermana de mi amigo. La madre leía; la hija bordaba. No sé por qué, me dieron miedo.

La madre con su voz severa, nos sermoneó por la correría nuestra, y luego comenzó a hacerme un sinnúmero de preguntas acerca de mi familia y de mis estudios. Mientras hablaba la madre, la hija sonreía; pero de una manera tan rara, tan rara...

--Hay que estudiar --dijo, a modo de conclusión, la madre.

Salimos del cuarto, me marché a casa y toda la tarde y toda la noche no hice más que pensar en las dos mujeres.

Desde aquel día esquivé como pude el ir a casa de Román. Un día vi a su madre y a su hermana que salían de una iglesia, las dos enlutadas; y me miraron y sentí frío al verlas.

Cuando concluimos el curso ya no veía a Román: estaba tranquilo: pero un día me avisaron de su casa, diciéndome que mi amigo estaba enfermo. Fui, y le encontré en la cama, llorando, y en voz baja me dijo que odiaba a su hermana. Sin embargo, la hermana, que se llamaba Ángeles, le cuidaba con esmero y le atendía con cariño; pero tenía una sonrisa tan rara, tan rara...

Una vez, al agarrar de un brazo a Román, hizo una mueca de dolor.

--¿Qué tienes? --le pregunté.

Y me enseñó un cardenal inmenso, que rodeaba su brazo como un anillo.

Luego, en voz baja, murmuró:

--Ha sido mi hermana.

--¡Ah! Ella...

--No sabes la fuerza que tiene; rompe un cristal con los dedos, y hay una cosa más extraña: que mueve un objeto cualquiera de un lado a otro sin tocarlo.

Días después me contó, temblando de terror, que a las doce de la noche, hacía ya cerca de una semana que sonaba la campanilla de la escalera, se abría la puerta y no se veía a nadie.

Román y yo hicimos un gran número de pruebas. Nos apostábamos junto a la puerta ..., llamaban ..., abríamos..., nadie. Dejábamos la puerta entreabierta, para poder abrir en seguida ... ; llamaban..., nadie.

Por fin quitamos el llamador a la campanilla, y la campanilla sonó, sonó..., y los dos nos miramos estremecidos de terror.

--Es mi hermana, mi hermana --dijo Román.

Y, convencidos de esto, buscamos los dos amuletos por todas partes, y pusimos en su cuarto una herradura, un pentagrama y varias inscripciones triangulares con la palabra mágica: «Abracadabra.»

Inútil, todo inútil; las cosas saltaban de sus sitios, y en las paredes se dibujaban sombras sin contornos y sin rostro.

Román languidecía, y para distraerle, su madre le compró una hermosa máquina fotográfica. Todos los días íbamos a pasear juntos, y llevábamos la máquina en nuestras expediciones.

Un día se le ocurrió a la madre que los retratara yo a los tres, en grupo, para mandar el retrato a sus parientes de Inglaterra. Román y yo colocamos un toldo de lona en la azotea, y bajo él se pusieron la madre y sus dos hijos. Enfoqué, y por si acaso me salía mal, impresioné dos placas. En seguida Román y yo fuimos a revelarlas. Habían salido bien; pero sobre la cabeza de la hermana de mi amigo se veía una mancha oscura.

Dejamos a secar las placas, y al día siguiente las pusimos en la prensa, al sol, para sacar las positivas.

Ángeles, la hermana de Román, vino con nosotros a la azotea. Al mirar la primera prueba, Román y yo nos contemplamos sin decirnos una palabra. Sobre la cabeza de Ángeles se veía una sombra blanca de mujer de facciones parecidas a las suyas. En la segunda prueba se veía la misma sombra, pero en distinta actitud: inclinándose sobre Ángeles, como hablándole al oído. Nuestro terror fue tan grande, que Román y yo nos quedamos mudos, paralizados. Ángeles miró las fotografías y sonrió, sonrió. Esto era lo grave.

Yo salí de la azotea y bajé las escaleras de la casa tropezando, cayéndome, y al llegar a la calle eché a correr, perseguido por el recuerdo de la sonrisa de Ángeles. Al entrar en casa, al pasar junto a un espejo, la vi en el fondo de la luna, sonriendo, sonriendo siempre.

¿Quién ha dicho que estoy loco? ¡Miente!, porque los locos no duermen, y yo duermo... ¡Ah! ¿Creíais que yo no sabía esto? Los locos no duermen, y yo duermo. Desde que nací, todavía no he despertado.

EL MISERERE

EL MISERERE

(LEYENDA RELIGIOSA)

Gustavo Adolfo Bécquer

El Español (20/IV/1866)

 

Hace algunos meses que, visitando la célebre abadía de Fitero y ocupándome en revolver algunos volúmenes en su abandonada biblioteca, descubrí en uno de sus rincones dos o tres cuadernos de música bastante antiguos, cubiertos de polvo y hasta comenzados a roer por los ratones.

Era un Miserere.

Yo no sé la música; pero le tengo tanta afición que, aun sin entenderla, suelo coger a veces la partitura de una ópera y me paso las horas muertas hojeando sus páginas, mirando los grupos de notas más o menos apiñadas, las rayas, los semicírculos, los triángulos y las especies de etcéteras que llaman llaves, y todo esto sin comprender una jota ni sacar maldito el provecho.

Consecuente con mi manía, repasé los cuadernos, y lo primero que me llamó la atención fue que, aunque en la última página había esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que el Miserere no estaba terminado, porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo.

Esto fue, sin duda, lo que me llamó la atención primeramente; pero luego que me fijé un poco en las hojas de música, me chocó más aún el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todas, como maestoso, allegro, ritardando, piu vivo, a piacere, había unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir cosas tan difíciles de hacer como esto: «Crujen..., crujen los huesos, y de sus médulas ha de parecer que salen los alaridos»; o esta otra: «La cuerda aúlla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo y no se confunde nada, y todo es la humanidad que solloza y gime»; o la más original de todas, sin duda, recomendaba al pie del último versículo: «Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía..., ¡fuerza! .... fuerza y dulzura».

--¿Sabéis qué es esto? --pregunté a un viejecito que me acompañaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecían frases escritas por un loco.

El anciano me contó entonces la leyenda que voy a referiros.

I

Hace ya muchos años, en una noche lluviosa y oscura, llegó a la puerta claustral de esta abadía un romero y pidió un poco de lumbre para secar sus ropas, un pedazo de pan con que satisfacer su hambre y un albergue cualquiera donde esperar la mañana y proseguir con la luz del sol su camino.

Su modesta colocación, su pobre lecho y su encendido hogar puso el hermano a quien se hizo esta demanda a la disposición del caminante, al cual, después que se hubo repuesto de su cansancio, interrogó acerca del objeto de su romería y del punto a que se encaminaba.

--Yo soy músico --respondió el interpelado--. He nacido muy lejos de aquí, y en mi patria gocé un día de gran renombre. En mi juventud hice de mi arte un arma poderosa de seducción y encendí con él pasiones que me arrastraron a un crimen. En mi vejez quiero convertir al bien las facultades que he empleado para el mal, redimiéndome por donde mismo pude condenarme.

Como las enigmáticas palabras del desconocido no pareciesen del todo claras al hermano lego, en quien ya comenzaba la curiosidad a despertarse, e instigado por ésta continuara en sus preguntas, su interlocutor prosiguió de este modo:

--Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al intentar pedirle a Dios misericordia no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un día se fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo. Abrí aquel libro, y en una de sus páginas encontré un gigante grito de contrición verdadera, un salmo de David, el que comienza: Miserere mei, Deus! Desde el instante en que hube leído sus estrofas, mi único pensamiento fue hallar una forma musical tan magnífica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de dolor del rey profeta. Aún no la he encontrado; pero si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso, que no hayan oído otro semejante los nacidos, tal y tan desgarrador, que al escuchar el primer acorde los arcángeles dirán conmigo, cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor: «¡Misericordia!», y el Señor la tendrá de su pobre criatura.

El romero, al llegar a este punto de su narración, calló por un instante y después, exhalando un suspiro, tornó a coger el hilo de su discurso. El hermano lego, algunos dependientes de la abadía y dos o tres pastores de la granja de los frailes que formaban círculo alrededor del hogar, le escuchaban en un profundo silencio.

--Después --continuó-- de recorrer toda Alemania, toda Italia y la mayor parte de este país, clásico para la música religiosa, aún no he oído un Miserere en que pueda inspirarme, ni uno, ni uno, y he oído tantos, que puedo decir que los he oído todos. --¿Todos? --dijo entonces, interrumpiéndole, uno de los rabadanes, --¿A que no habéis oído aún el Miserere de la Montaña?

--¡El Miserere de la Montaña! --exclamó el músico con aire de extrañeza--. ¿Qué Miserere es ése?

--¿No dije? --murmuró el campesino, y luego prosiguió con una entonación misteriosa--: Ese Miserere, que sólo oyen por casualidad los que, como yo, andan día y noche tras el ganado por entre breñas y peñascales, es toda una historia, una historia muy antigua, pero tan verdadera como, al parecer, increíble.

Es el caso que en lo más fragoso de esas cordilleras de montañas que imitan el horizonte del valle, en el fondo del cual se halla la abadía, hubo hace muchos años, ¡qué digo muchos años, muchos siglos, un monasterio famoso, cuyo monasterio, a lo que parece, edificó a sus expensas un señor con los bienes que había de legarle a su hijo, al cual desheredó al morir, en pena de sus maldades. Hasta aquí todo fue bueno; pero es el caso que este hijo, que por lo que se verá más adelante debió ser de la piel del diablo, si no era el mismo diablo en persona, sabedor de que sus bienes estaban en poder de los religiosos y de que su castillo se había trasformado en iglesia, reunió a unos cuantos bandoleros, camaradas suyos en la vida de perdición que emprendiera al abandonar la casa de sus padres, y una noche de Jueves Santo, en que los monjes se hallaban en el coro, y en el punto y hora en que iban a comenzar o habían comenzado el Miserere, pusieron fuego al monasterio, entraron a saco la iglesia, y a éste quiero, a aquél no, se dice que no dejaron fraile a vida. Después de esta atrocidad se marcharon los bandidos, y su instigador con ellos, adónde no se sabe, a los profundos tal vez. Las llamas redujeron el monasterio a escombros; de la iglesia aún quedan en pie las ruinas sobre el cóncavo peñón de donde nace la cascada que, después de estrellarse de peñón en peñón, forma el riachuelo que viene a bañar los muros de esta abadía.

--Pero --interrumpió impaciente el músico-- ¿y el Miserere?

--Aguardaos --continuó con gran sorna el rabadán--, que todo irá por partes.

Dicho lo cual, siguió así su historia:

--Las gentes de los contornos se escandalizaron del crimen; de padres a hijos y de hijos a nietos se refirió con horror en las largas noches de velada; pero lo que mantiene más viva su memoria es que todos los años, tal noche como en la que se consumó, se ven brillar luces a través de las rotas ventanas de la iglesia, y se oyen como una especie de música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas del aire. Son los monjes, los cuales, muertos tal vez sin hallarse preparados para presentarse en el tribunal de Dios limpios de toda culpa, vienen aún del purgatorio a impetrar su misericordia cantando el Miserere.

Los circunstantes se miraron unos a otros con muestras de incredulidad; sólo el romero, que parecía vivamente preocupado con la narración de la historia, preguntó con ansiedad al que la había referido:

--¿Y decís que ese portento se repite aún?

--Dentro de tres horas comenzará sin falta alguna, porque precisamente esta noche es la del Jueves Santo y acaban de dar las ocho en el reloj de la abadía.

--¿A qué distancia se encuentra el monasterio?

--A una legua y media escasa.

--Pero ¿qué hacéis? ¿Adónde vais con una noche como ésta? ¡Estáis dejado de la mano de Dios! --exclamaron todos, al ver que el romero, levantándose de su escaño y tomando el bordón, abandonaba el hogar para dirigirse a la puerta.

--¿Adónde voy? A oír esa maravillosa música, a oír el grande, el verdadero Miserere, el Miserere de los que vuelven al mundo después de muertos y saben lo que es morir en el pecado.

Y esto diciendo, desapareció de la vista del espantado lego y de los no menos atónitos pastores.

El viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por arrancarlas de sus quicios; la lluvia caía en turbiones, azotando los vidrios de las ventanas, y de cuando en cuando la luz de un relámpago iluminaba por un instante todo el horizonte que desde ellas se descubría.

Pasado el primer momento de estupor:

--¡Está loco! --exclamó el lego.

--¡Está loco! --repitieron los pastores, y atizaron de nuevo la lumbre y se agruparon alrededor del hogar.

II

Después de una o dos horas de camino, el misterioso personaje que calificaron de loco en la abadía, remontando la corriente del riachuelo que le indicó el rabadán de la historia. llegó al punto en que se levantaban, negras e imponentes, las ruinas del monasterio.

La lluvia había cesado; las nubes flotaban en oscuras bandas, por entre cuyos jirones se deslizaba a veces un furtivo rayo de luz pálida y dudosa; y el aire, al azotar los fuertes machones y extenderse por los desiertos claustros, diríase que exhalaba gemidos. Sin embargo, nada sobrenatural, nada extraño venía a herir la imaginación. Al que había dormido más de una noche sin otro amparo que las ruinas de una torre abandonada o un castillo solitario; al que había arrostrado en su larga peregrinación cien y cien tormentas, todos aquellos ruidos le eran familiares.

Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas con un rumor acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del búho, que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen de pie aún en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que, despiertos de su letargo por la tempestad, sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen o se arrastraban por entre los jaramagos y los zarzales que crecían al pie del altar, entre las junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos esos extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche, llegaban perceptibles al oído del romero, que sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, aguardaba ansioso la hora que debiera realizarse el prodigio.

Trascurrió tiempo y tiempo, y nada se percibió: aquellos mil confusos rumores seguían sonando y combinándose de mil maneras distintas, pero siempre los mismos.

«¡Si me habrá engañado>>, pensó el músico; pero en aquel instante se oyó un ruido nuevo, un ruido inexplicable en aquel lugar, como el que produce un reloj algunos segundos antes de sonar la hora: ruido de ruedas que giran, de cuerdas que se dilatan, de maquinaria que se agita sordamente y se dispone a usar de su misteriosa vitalidad mecánica, y sonó una campanada.... dos ...tres.... hasta once.

En el derruido templo no había campana, siquiera ni reloj, ni torre ya

Aún no había expirado, debilitándose de eco en eco, la última campanada; todavía se escuchaba su vibración temblando en el aire, cuando los doseles de granito que cobijaban las esculturas, las gradas de mármol de los altares, los sillares de las ojivas, los calados antepechos del coro, los festones de tréboles de las cornisas, los negros machones de los muros, el pavimento, las bóvedas, la iglesia entera comenzó a iluminarse espontáneamente, sin que se viese una antorcha, un cirio o una lámpara que derramase aquella insólita claridad.

Parecía como un esqueleto de cuyos huesos amarillos se desprende ese gas fosfórico que brilla y humea en la oscuridad con una luz azulada, inquieta y medrosa.

Todo pareció animarse, pero con ese movimiento galvánico que imprime a la muerte contracciones que parodian la vida, movimiento instantáneo, más horrible aún que la inercia del cadáver que agita con su desconocida fuerza. Las piedras se reunieron a las piedras; el ara, cuyos rotos fragmentos se veían antes esparcidos sin orden, se levantó intacta, como si acabase de dar en ella su último golpe de cincel el artífice, y a par del ara se levantaron las derribadas capillas, los rotos capiteles y las destrozadas e inmensas series de arcos que, cruzándose y enlazándose caprichosamente entre sí, formaron con sus columnas un laberinto de pórfido.

Una vez reedificado el templo, comenzó a oírse un acorde lejano que pudiera confundirse con el zumbido del aire, pero que era un conjunto de voces lejanas y graves que parecían salir del seno de la tierra e irse elevando poco a poco, haciéndose de cada vez más perceptible.

El osado peregrino comenzaba a tener miedo; pero con su miedo luchaba aún su fanatismo por todo lo desusado y maravilloso, y alentado por él dejó la tumba sobre que reposaba, se inclinó al borde del abismo por entre cuyas rocas saltaba el torrente, despeñándose con un trueno incesante y espantoso, y sus cabellos se erizaron de horror.

Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras, vio los esqueletos de los monjes, que fueron arrojados desde el pretil de la iglesia a aquel precipicio, salir del fondo de las aguas y, agarrándose con los largos dedos de sus manos de hueso a las grietas de las peñas, trepar por ellas hasta tocar el borde, diciendo con voz baja y sepulcral, pero con una desgarradora expresión de dolor, el primer versículo del salmo de David:

--Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!

Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras y, penetrando en él, fueron a arrodillarse en el coro, donde, con voz más levantada y solemne, prosiguieron entonando los versículos del salmo. La música sonaba al compás de sus voces: aquella música era el rumor distante del trueno, que, desvanecida la tempestad, se alejaba murmurando; era el zumbido del aire que gemía en la concavidad del monte; era el monótono ruido de la cascada que caía sobre las rocas, y la gota de agua que se filtraba, y el grito del búho escondido, y el roce de los reptiles inquietos. Todo esto era la música y algo más que no puede explicarse ni apenas concebirse; algo más que parecía como el eco de un órgano que acompañaba los versículos del gigante himno de contrición del rey salmista, con notas y acordes tan gigantes como sus palabras terribles.

Siguió la ceremonia; el músico, que la presenciaba absorto y aterrado, creía estar fuera del mundo real, vivir en esa región fantástica del sueño, en que todas las cosas se revisten de formas extrañas y fenomenales. Un sacudimiento terrible vino a sacarle de aquel estupor que embargaba todas las facultades de su espíritu. Sus nervios saltaron al impulso de una conmoción fuertísima, sus dientes chocaron, agitándose con un temblor imposible de reprimir, y el frío penetró hasta en la medula de los huesos.

Los monjes pronunciaban en aquel instante estas espantosas palabras del Miserere:

--In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea.

Al resonar este versículo y dilatarse sus ecos retumbando de bóveda en bóveda, se levantó un alarido tremendo, que parecía un grito de dolor arrancado a la humanidad entera por la conciencia de maldades; un grito horroroso, formado de todos los lamentos infortunio, de todos los aullidos de la desesperación, de todas las blasfemias de la impiedad; concierto monstruoso, digno intérprete de los que viven en el pecado y fueron concebidos en la iniquidad.

Prosiguió el canto, ora tristísimo y profundo, ora semejante a un rayo de sol que rompe la nube oscura de una tempestad haciendo suceder a un relámpago de terror otro relámpago de hilo, hasta que, merced a una transformación súbita, la iglesia resplandeció bañada en luz celeste; las osamentas de los monjes vistieron de sus carnes; una aureola luminosa brilló en derredor de sus frentes; se rompió la cúpula, y a través de ella se vio el cielo como un océano de lumbre abierto a la mirada de los justos.

Los serafines, los arcángeles, los ángeles y las jerarquías acompañaban con un himno de gloria este versículo, que subía entonces al trono del Señor como una tromba armónica, como gigantesca espiral de sonoro incienso:

--Auditui ineo dabis gaudium et laetitiam: et exultabunt ossa hu liata.

En este punto, la claridad deslumbradora cegó los ojos del romero, sus sienes latieron con violencia, zumbaron sus oídos y cayó sin conocimiento por tierra, y no oyó más.

III

Al día siguiente, los pacíficos monjes de la abadía de Fitero, a quienes el hermano lego había dado cuenta de la extraña visita de la noche anterior, vieron entrar por sus puertas, pálido y como fuera de sí, al desconocido romero.

--¿Oísteis, al cabo, el Miserere? --le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando a hurtadillas una mirada de inteligencia a sus superiores.

--Sí --respondió el músico.

--¿Y qué tal os ha parecido?

--Lo voy a escribir. Dadme un asilo en vuestra casa --prosiguió dirigiéndose al abad, ----un asilo y pan por algunos meses, y voy a dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis culpas a los ojos de Dios, eternice mi memoria y eternice con ella la de esta abadía.

Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese a su demanda. El abad, por compasión, aun creyéndole un loco, accedió, al fin, a ella y el músico, instalado ya en el monasterio, comenzó su obra.

Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se paraba y parecía como escuchar algo que sonaba en su imaginación, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento y exclamaba:

--¡Eso es; así, así, no hay duda.... así! --y proseguía escribiendo notas con una rapidez febril, que dio en más de una ocasión que admirar a los que le observaban sin ser vistos.

Escribió los primeros versículos y los siguientes y hasta la mitad del salmo; pero al llegar al último que había oído en la montaña le fue imposible proseguir.

Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores: todo inútil. Su música no se parecía a aquella música ya anotada y el sueño huyó de sus párpados y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su cabeza, y se volvió loco, y se murió en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una cosa extraña, guardaron los frailes a su muerte y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.

Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las mesas.

In peccatis concepit me mater mea...

Éstas eran las palabras de la página que tenía ante mi vista, y que parecía mofarse de mí con sus notas, sus llaves y sus garabatos ininteligibles para los legos en la música.

Por haberlas podido leer hubiera dado un mundo.

¿Quién sabe si no será una locura?

July 31

LENORE

LENORE

by Edgar Allan Poe

1831    

Ah, broken is the golden bowl! the spirit flown forever!
Let the bell toll!–a saintly soul floats on the Stygian river;
And, Guy de Vere, hast thou no tear?–weep now or nevermore!
See! on yon drear and rigid bier low lies thy love, Lenore!
Come! let the burial rite be read–the funeral song be sung!-
An anthem for the queenliest dead that ever died so young-
A dirge for her the doubly dead in that she died so young.

"Wretches! ye loved her for her wealth and hated her for her pride,
And when she fell in feeble health, ye blessed her–that she died!
How shall the ritual, then, be read?–the requiem how be sung
By you–by yours, the evil eye,–by yours, the slanderous tongue
That did to death the innocence that died, and died so young?"

Peccavimus; but rave not thus! and let a Sabbath song
Go up to God so solemnly the dead may feel no wrong.
The sweet Lenore hath "gone before," with Hope, that flew beside,
Leaving thee wild for the dear child that should have been thy
bride.
For her, the fair and debonair, that now so lowly lies,
The life upon her yellow hair but not within her eyes
The life still there, upon her hair–the death upon her eyes.

"Avaunt! avaunt! from fiends below, the indignant ghost is riven-
From Hell unto a high estate far up within the Heaven-
From grief and groan, to a golden throne, beside the King of
Heaven!
Let no bell toll, then,–lest her soul, amid its hallowed mirth,
Should catch the note as it doth float up from the damned Earth!
And I!–to-night my heart is light!–no dirge will I upraise,
But waft the angel on her flight with a Paean of old days!"

 
 
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